El segundo libro de Samuel continúa la historia del reinado de David, comenzando con su lamento por la muerte de Saúl y Jonatán. Este libro es canónico en todas las tradiciones cristianas principales y en la tradición judía, donde forma parte de los Profetas Anteriores (Nevi'im Rishonim). El texto presentado sigue fielmente la traducción de la Biblia de Jerusalén.
2 Samuel
Capítulo 18
David pasó revista al pueblo que le acompañaba y puso sobre ellos jefes de miles y jefes de cientos.
Envió David al pueblo; un tercio bajo las órdenes de Joab; un tercio bajo las órdenes de Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab; y un tercio bajo las órdenes de Ittay de Gat. Dijo el rey al pueblo: «También yo saldré con vosotros.»
Pero el pueblo respondió: «No salgas; porque si tenemos que huir, no harán caso de nosotros, y si muriese la mitad de nosotros, tampoco harían caso; tú vales como diez mil de nosotros. Por tanto, mejor será que desde la ciudad puedas socorrernos.»
El rey les respondió: «Haré lo que os parezca bien.» Se detuvo, pues, el rey junto a la puerta, mientras el pueblo iba saliendo por centenares y por miles.
El rey ordenó a Joab, a Abisay y a Ittay: «¡Tratad benignamente por mí al joven Absalón!» Y todo el pueblo oyó cuando el rey daba a todos los jefes esta orden acerca de Absalón.
Salió el pueblo al campo al encuentro de Israel, y se libró la batalla en el bosque de Efraím.
Allí fue derrotado el pueblo de Israel por los servidores de David; aquel día fue una gran derrota: veinte mil hombres.
La batalla se extendió por toda aquella comarca, y fueron más los que devoró el bosque que los que devoró la espada aquel día.
Se encontró Absalón con los servidores de David. Montaba Absalón en un mulo, y el mulo entró bajo el ramaje de una gran encina; su cabeza se enganchó en la encina, y quedó suspendido entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Un hombre lo vio e informó a Joab, diciendo: «He visto a Absalón colgado de una encina.»
Dijo Joab al hombre que se lo informaba: «Si lo has visto, ¿por qué no le has derribado allí en tierra? Yo te habría dado diez siclos de plata y un cinturón.»
Respondió el hombre a Joab: «Aunque me pesaran en la mano mil siclos de plata, no alargaría la mano contra el hijo del rey, porque a nuestros oídos el rey te ordenó a ti, a Abisay y a Ittay: "¡Guarda a ese joven Absalón!"
Si yo hubiera atentado pérfidamente contra su vida, nada se habría ocultado al rey, y tú mismo te habrías desmarcado.»
Dijo Joab: «No voy a entretenerme contigo.» Tomó tres dardos en su mano y los clavó en el corazón de Absalón, que aún estaba vivo entre el ramaje de la encina.
Rodearon luego diez jóvenes escuderos de Joab, hirieron a Absalón y le mataron.
Tocó Joab la trompeta, y el pueblo se retiró de perseguir a Israel, porque Joab contuvo al pueblo.
Tomaron a Absalón, le arrojaron en un gran hoyo en el bosque, y levantaron sobre él un enorme montón de piedras. Todo Israel huyó, cada cual a su tienda.
En vida Absalón se había erigido un monumento en el valle del Rey, pues se decía: «No tengo un hijo que perpetúe mi nombre.» Y llamó al monumento con su nombre, y se llama «Monumento de Absalón» hasta el día de hoy.
Ajimáas, hijo de Sadoc, dijo: «Déjame correr a llevar la buena nueva al rey, de que Yahveh le ha hecho justicia librándole de sus enemigos.»
Joab le respondió: «No serás hoy el portador de la buena nueva; otro día la llevarás, pero hoy no llevarás la buena nueva, porque ha muerto el hijo del rey.»
Dijo Joab a un etíope: «Ve a decir al rey lo que has visto.» El etíope se postró ante Joab y se puso en marcha.
Insistió Ajimáas, hijo de Sadoc, y dijo a Joab: «Sea lo que sea, déjame correr también detrás del etíope.» Joab respondió: «¿Para qué vas a correr, hijo mío? No recibirás el premio de la buena nueva.»
«Sea lo que sea, déjame correr», insistió. Le dijo: «Corre.» Ajimáas echó a correr por el camino de la llanura, y pasó al etíope.
Estaba David sentado entre las dos puertas. El centinela subió a la terraza de la puerta, sobre la muralla; alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo.
El centinela gritó y se lo comunicó al rey. Dijo el rey: «Si viene solo, trae buenas noticias.» Y mientras se iba acercando,
el centinela vio a otro hombre que corría. Gritó el centinela al portero: «Hay un hombre que corre solo.» Dijo el rey: «También ése trae buenas noticias.»
Dijo el centinela: «Veo la carrera del primero; es como la carrera de Ajimáas, hijo de Sadoc.» Dijo el rey: «Es un hombre de bien; viene con buenas noticias.»
Ajimáas gritó al rey: «¡Paz!» Se postró ante el rey rostro en tierra y dijo: «¡Bendito sea Yahveh tu Dios, que ha entregado a los hombres que alzaron la mano contra mi señor el rey!»
Preguntó el rey: «¿Está bien el joven Absalón?» Ajimáas respondió: «Vi un gran tumulto cuando Joab enviaba al siervo del rey y a este siervo tuyo, pero no sé lo que era.»
Dijo el rey: «Ponte ahí, a un lado.» Se apartó y se quedó quieto.
En esto llegó el etíope, y dijo: «Reciba la buena nueva mi señor el rey; Yahveh te ha hecho hoy justicia librándote de todos los que se habían levantado contra ti.»
Preguntó el rey al etíope: «¿Está bien el joven Absalón?» Respondió el etíope: «Sean como ese joven los enemigos de mi señor el rey y cuantos se levantan contra ti para hacerte daño.»
El rey, profundamente conmovido, subió a la sala de la puerta y se puso a llorar. Y al irse, decía: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera a mí morir en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!»