El segundo libro de Samuel continúa la historia del reinado de David, comenzando con su lamento por la muerte de Saúl y Jonatán. Este libro es canónico en todas las tradiciones cristianas principales y en la tradición judía, donde forma parte de los Profetas Anteriores (Nevi'im Rishonim). El texto presentado sigue fielmente la traducción de la Biblia de Jerusalén.
2 Samuel
Capítulo 19
Se le dijo a Joab: «El rey está llorando y hace duelo por Absalón.»
La victoria aquel día se convirtió en luto para todo el pueblo, porque el pueblo había oído decir: «El rey está apenado por su hijo.»
Y el pueblo se retiró aquel día furtivamente a la ciudad, como se retira furtivamente la tropa avergonzada que ha huido en la batalla.
El rey, cubierto el rostro, gritaba con gran voz: «¡Hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!»
Joab entró donde el rey en la casa y le dijo: «Hoy has avergonzado el rostro de todos tus servidores, que han salvado hoy tu vida, la de tus hijos y tus hijas, la de tus mujeres y tus concubinas.
Amando a los que te odian y aborreciendo a los que te aman, pues haces ver hoy que jefes y servidores no son nada para ti. Sí, veo yo que si Absalón viviera y todos nosotros hubiéramos muerto hoy, entonces te parecería bien.
Levántate, pues, ahora, sal y habla a tus servidores con agrado, porque te juro por Yahveh que si no sales, no quedará ni un solo hombre contigo esta noche; y esto será para ti peor desgracia que todas las que has padecido desde tu juventud hasta ahora.»
Entonces el rey se levantó y se sentó en la puerta. A todo el pueblo se le comunicó: «El rey está sentado en la puerta.» Todo el pueblo acudió a la presencia del rey. Mientras tanto, Israel había huido cada cual a su tienda.
Por todas las tribus de Israel el pueblo discutía diciendo: «El rey nos ha librado de la mano de nuestros enemigos, él nos ha salvado de la mano de los filisteos, y ahora ha tenido que huir del país delante de Absalón.
Pero Absalón, a quien habíamos ungido sobre nosotros, ha muerto en la batalla. ¿Por qué no volvéis a traer al rey?»
El rey David envió a decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: «Hablad a los ancianos de Judá en estos términos: "¿Por qué habéis de ser los últimos en volver a traer al rey a su casa, cuando lo que dice todo Israel ha llegado hasta el rey, a su casa?"
Vosotros sois mis hermanos, hueso mío y carne mía; ¿por qué habéis de ser los últimos en volver a traer al rey?»
A Amasá le diréis: «¿No eres tú hueso mío y carne mía? Así me haga Dios y así me añada, si no has de ser jefe del ejército delante de mí perpetuamente, en lugar de Joab.»
Inclinó el corazón de todos los hombres de Judá, como un solo hombre, y enviaron a decir al rey: «Vuelve, tú y todos tus servidores.»
Volvió, pues, el rey y llegó hasta el Jordán. Los hombres de Judá habían venido a Guilgal para salir al encuentro del rey y hacerle pasar el Jordán.
Simei, hijo de Guerá, benjaminita de Bajurim, se apresuró a bajar con los hombres de Judá al encuentro del rey David.
Con él iban mil hombres de Benjamín, y también Sibá, criado de la casa de Saúl, con sus quince hijos y veinte siervos; se precipitaron al Jordán delante del rey.
Atravesaron el vado para hacer pasar a la familia del rey y para hacer lo que le pareciera bien. Simei, hijo de Guerá, se postró ante el rey, cuando ya había pasado el Jordán,
y dijo al rey: «No me tengas en cuenta mi culpa, señor mío; no recuerdes la falta que cometió tu siervo el día que mi señor el rey salió de Jerusalén, ni la guardes en tu corazón.
Porque reconozco que he pecado; por eso he venido hoy el primero de toda la casa de José para bajar al encuentro de mi señor el rey.»
Abisay, hijo de Seruyá, dijo: «¿No merece morir Simei por haber maldecido al ungido de Yahveh?»
Dijo David: «¿A qué viene esto, hijos de Seruyá? Si hoy os hacéis mis adversarios, ¿va a morir hoy alguno en Israel? ¿No sé yo que hoy vuelvo a ser rey de Israel?»
El rey dijo a Simei: «No morirás.» Y el rey se lo juró.
También Mefibóset, hijo de Saúl, bajó al encuentro del rey. No se había cuidado los pies, ni la barba, ni había lavado sus vestidos, desde el día en que el rey se había ido hasta el día en que volvía en paz.
Cuando vino de Jerusalén al encuentro del rey, le preguntó el rey: «¿Por qué no viniste conmigo, Mefibóset?»
Respondió: «Mi señor el rey, mi siervo me ha engañado. Porque tu siervo había pensado: "Aparejaré un asno para montarlo y marchar con el rey", pues tu siervo es cojo.
Pero él ha calumniado a tu siervo ante mi señor el rey. Mi señor el rey es como un ángel de Dios; haz lo que bien te parezca.
Porque toda la casa de mi padre sólo merecía la muerte de manos de mi señor el rey, y tú has puesto a tu siervo entre los que comen a tu mesa. ¿Qué derecho tengo yo ya para quejarme más ante el rey?»
El rey le dijo: «¿Para qué seguir hablando? Yo he decidido: Tú y Sibá os repartiréis las tierras.»
Dijo Mefibóset al rey: «Que se lo lleve todo, ya que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa.»
También Barzilay de Galaad bajó de Roguelín y acompañó al rey hasta el Jordán para despedirle en el Jordán.
Barzilay era muy anciano, de ochenta años. Había provisto de alimentos al rey cuando residía en Majanáim, porque era hombre muy rico.
Dijo el rey a Barzilay: «Pasa conmigo, y te mantendré junto a mí en Jerusalén.»
Barzilay respondió al rey: «¿Cuántos años me quedan aún de vida para que suba con el rey a Jerusalén?
Ochenta años tengo hoy. ¿Puedo yo distinguir lo bueno de lo malo? ¿Puede tu siervo gustar lo que come y lo que bebe? ¿Puedo yo oír aún la voz de cantores y cantoras? ¿Para qué va a ser tu siervo aún una carga para mi señor el rey?
Pasará tu siervo un poco más allá del Jordán con el rey; ¿por qué me ha de recompensar el rey con esta recompensa?
Deja que vuelva tu siervo y muera en mi ciudad, junto al sepulcro de mi padre y de mi madre. Pero ahí tienes a tu siervo Quimham; que pase él con mi señor el rey; haz por él lo que bien te parezca.»
Respondió el rey: «Que pase Quimham conmigo, y yo haré por él lo que bien te parezca, y todo lo que desees de mí te lo concederé.»
Todo el pueblo pasó el Jordán; pasado también el rey, besó el rey a Barzilay y le bendijo, y éste se volvió a su casa.
Pasó el rey a Guilgal; Quimham pasó con él, y todo el pueblo de Judá y la mitad del pueblo de Israel acompañaron al rey en su paso.
Entonces todos los hombres de Israel acudieron al rey y le dijeron: «¿Por qué nuestros hermanos de Judá te han robado, haciendo pasar el Jordán al rey, a su familia y a todos sus hombres?»
Todos los hombres de Judá respondieron a los hombres de Israel: «Porque el rey es pariente nuestro. ¿Por qué estáis vosotros enojados por eso? ¿Hemos comido acaso por cuenta del rey? ¿Se nos ha dado algún regalo?»
Los hombres de Israel respondieron a los hombres de Judá: «Diez partes tenemos en el rey, y también en David más que vosotros; ¿por qué me habéis despreciado? ¿No fue primero mía la propuesta de hacer volver a mi rey?» Pero las palabras de los hombres de Judá fueron más duras que las palabras de los hombres de Israel.