El segundo libro de Samuel continúa la historia del reinado de David, comenzando con su lamento por la muerte de Saúl y Jonatán. Este libro es canónico en todas las tradiciones cristianas principales y en la tradición judía, donde forma parte de los Profetas Anteriores (Nevi'im Rishonim). El texto presentado sigue fielmente la traducción de la Biblia de Jerusalén.
2 Samuel
Capítulo 24
La cólera de Yahveh volvió a encenderse contra Israel, e incitó a David contra ellos diciendo: «Ve, haz el censo de Israel y de Judá.»
Dijo el rey a Joab, jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre, pues, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y pasad revista al pueblo, para que sepa yo el número de la población.»
Joab respondió al rey: «¡Yahveh tu Dios añada al pueblo cien veces más de lo que es, y lo vean los ojos de mi señor el rey! ¿Por qué desea mi señor el rey esto?»
Pero la orden del rey pudo más que Joab y los jefes del ejército. Salió, pues, Joab con los jefes del ejército de la presencia del rey a pasar revista al pueblo de Israel.
Pasaron el Jordán y acamparon en Aroer, a la derecha de la ciudad que está en medio del valle de Gad, y siguieron hacia Jazer.
Llegaron a Galaad y a la tierra de los hititas, hacia Cadés; luego fueron a Dan y de Dan dieron la vuelta hacia Sidón.
Fueron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los jivitas y cananeos, y salieron al Negueb de Judá, a Berseba.
Recorrieron todo el país, y al cabo de nueve meses y veinte días volvieron a Jerusalén.
Joab entregó al rey la lista del censo del pueblo: había en Israel ochocientos mil hombres de guerra, capaces de manejar la espada, y en Judá quinientos mil hombres.
Pero después de haber hecho el censo del pueblo, le pesó a David en su corazón, y dijo David a Yahveh: «He cometido un gran pecado con lo que he hecho. Ahora, pues, Yahveh, perdona la falta de tu siervo, pues he obrado muy neciamente.»
Cuando David se levantó por la mañana, había sido dirigida la palabra de Yahveh al profeta Gad, vidente de David, en estos términos:
«Ve y di a David: Así dice Yahveh: Tres cosas te propongo; elige una de ellas, y te la aplicaré.»
Fue Gad donde David, le anunció y le dijo: «¿Quieres que venga sobre ti siete años de hambre en tu país; o que huyas tres meses delante de tus enemigos que te persiguen; o que haya tres días de peste en tu país? Piensa, pues, y mira qué respuesta he de dar al que me ha enviado.»
David respondió a Gad: «Estoy en gran aflicción. Caigamos, pues, en manos de Yahveh, porque grandes son sus piedades, y no caiga yo en manos de los hombres.»
Entonces Yahveh envió la peste a Israel desde aquella mañana hasta el tiempo fijado; y murió, desde Dan hasta Berseba, setenta mil hombres del pueblo.
Extendió el ángel su mano sobre Jerusalén para devastarla, pero Yahveh se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía al pueblo: «¡Basta ya! Retira tu mano.» El ángel de Yahveh estaba entonces junto a la era de Arauná, el jebuseo.
Cuando David vio al ángel que hería al pueblo, dijo a Yahveh: «Yo soy el que ha pecado, yo soy el culpable; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Caiga, pues, tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre!»
Aquel mismo día fue Gad donde David y le dijo: «Sube, erige un altar a Yahveh en la era de Arauná, el jebuseo.»
Subió David, conforme a la palabra de Gad, como Yahveh había mandado.
Arauná se asomó y vio al rey y a sus servidores que se dirigían a él. Arauná salió y se postró ante el rey con el rostro en tierra.
Preguntó Arauná: «¿Por qué viene mi señor el rey a donde su siervo?» Respondió David: «Para comprarte la era y edificar en ella un altar a Yahveh, y cese así la mortandad del pueblo.»
Arauná dijo a David: «Tome mi señor el rey lo que bien le parezca, y ofrézcalo. Aquí están los bueyes para el holocausto, y los trillos y el yugo de los bueyes para la leña.»
Todo esto, ¡oh rey!, Arauná te lo ofrece.» Y añadió: «¡Yahveh tu Dios te sea propicio!»
Pero el rey respondió a Arauná: «No, sino que te lo compraré por su precio, porque no ofreceré a Yahveh mi Dios holocaustos que no me cuesten nada.» Compró, pues, David la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.
Edificó allí David un altar a Yahveh y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión. Yahveh se aplacó con el país, y cesó la mortandad en Israel.