Primer libro de los Reyes, que continúa la historia comenzada en 1 y 2 Samuel. Narra el final del reinado de David, la ascensión y el reinado de Salomón (incluyendo la construcción del Templo), y posteriormente la división del reino en Israel (Norte) y Judá (Sur). Cubre el ministerio del profeta Elías durante el reinado de Acab. Forma parte de los libros históricos en el canon cristiano.
1 Reyes
Capítulo 18 — Elías y los profetas de Baal
Pasados muchos días, la palabra de Yahveh fue dirigida a Elías, el año tercero, diciendo: «Ve, preséntate a Acab; yo enviaré la lluvia sobre la superficie de la tierra.»
Fue Elías a presentarse a Acab. El hambre era extrema en Samaria.
Acab llamó a Abdías, el mayordomo de la casa real. Abdías era muy temeroso de Yahveh;
cuando Jezabel exterminaba a los profetas de Yahveh, Abdías tomó cien profetas, los escondió de cincuenta en cincuenta en una cueva, y los mantuvo con pan y agua.
Acab dijo a Abdías: «Recorre el país en busca de todas las fuentes de agua y de todos los torrentes, a ver si encontramos hierba con que mantener los caballos y las mulas, y que no perezcan las bestias.»
Se dividieron el país para recorrerlo: Acab fue por un camino, y Abdías por otro.
Mientras Abdías iba de camino, he aquí que Elías salió a su encuentro. Abdías le reconoció, se postró rostro en tierra y dijo: «¿Eres tú, mi señor Elías?»
El respondió: «Soy yo. Ve, dile a tu señor: Elías está aquí.»
Abdías dijo: «¿Qué pecado he cometido para que entregues a tu siervo en manos de Acab y me mate?
Vive Yahveh, tu Dios, que no hay nación ni reino adonde mi señor no haya enviado a buscarte; y cuando le decían: “No está”, él conjuraba a reinos y naciones de que no te habían encontrado.
Y ahora tú dices: “Ve, dile a tu señor: Elías está aquí.”
Apenas yo me haya apartado de ti, el espíritu de Yahveh te llevará no sé adónde; yo iré a dar aviso a Acab, no te encuentre, y me matará. Y tu siervo teme a Yahveh desde su juventud.
¿No se le ha dicho a mi señor lo que hice cuando Jezabel mataba a los profetas de Yahveh: escondí a cien profetas de Yahveh, de cincuenta en cincuenta en una cueva, y los mantuve con pan y agua?
Y ahora dices: “Ve, dile a tu señor: Elías está aquí.” Me matará.»
Elías respondió: «Vive Yahveh Sebaot, en cuya presencia estoy, que hoy me presentaré a él.»
Abdías fue a encontrarse con Acab y le dio el aviso. Acab fue al encuentro de Elías.
Cuando Acab vio a Elías, le dijo: «¿Eres tú el perturbador de Israel?»
El respondió: «No he turbado yo a Israel, sino tú y la casa de tu padre, abandonando los mandamientos de Yahveh y siguiendo a los Baales.
Y ahora manda reunir a todo Israel conmigo en el monte Carmelo, junto con los 450 profetas de Baal y los 400 profetas de Aserá que comen a la mesa de Jezabel.»
Acab convocó a todos los israelitas y reunió a los profetas en el monte Carmelo.
Entonces Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a cojear con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguidle a él.» El pueblo no respondió ni una palabra.
Elías dijo al pueblo: «Solo yo he quedado como profeta de Yahveh, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta.
Que se nos den dos novillos; que ellos escojan un novillo, lo descuarticen y lo pongan sobre la leña, sin prenderle fuego; yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, sin prenderle fuego.
Luego invocad vosotros el nombre de vuestro dios, y yo invocaré el nombre de Yahveh. El dios que responda por fuego, ése es Dios.» Todo el pueblo respondió: «¡Bien dicho!»
Elías dijo a los profetas de Baal: «Escoged un novillo y preparadlo vosotros primero, porque sois muchos, e invocad el nombre de vuestro dios, pero no le prendáis fuego.»
Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!» Pero no hubo voz ni respuesta. Y danzaban alrededor del altar que habían hecho.
Al mediodía, Elías se burlaba de ellos, diciendo: «¡Gritad más fuerte, que es un dios! Estará meditando, o estará de viaje, o quizá duerme, y hay que despertarle.»
Ellos gritaban a grandes voces y se hacían incisiones, según su costumbre, con espadas y lanzas, hasta chorrear la sangre sobre ellos.
Pasado el mediodía, estuvieron profetizando hasta la hora de la ofrenda de la tarde, pero no hubo voz ni respuesta ni atención.
Entonces Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí.» Todo el pueblo se acercó a él. El restauró el altar de Yahveh, que estaba derruido.
Tomó doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob, al cual había sido dirigida la palabra de Yahveh diciendo: «Israel será tu nombre.»
Edificó con las piedras un altar al nombre de Yahveh, y alrededor del altar hizo una zanja con cabida para dos medidas de semilla.
Luego dispuso la leña, descuartizó el novillo y lo puso sobre la leña.
Dijo: «Llenad cuatro cántaros de agua y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña.» Luego dijo: «Hacedlo por segunda vez.» Y lo hicieron por segunda vez. Dijo: «Hacedlo por tercera vez.» Y lo hicieron por tercera vez.
El agua corría alrededor del altar, y también llenó de agua la zanja.
A la hora de la ofrenda de la tarde, se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu siervo y que por orden tuya he hecho todas estas cosas.
Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que sepa este pueblo que tú, Yahveh, eres el Dios, y que eres tú quien convierte sus corazones.»
Entonces cayó fuego de Yahveh, que consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y lamió el agua de la zanja.
Al verlo, todo el pueblo cayó rostro en tierra y dijo: «¡Yahveh es Dios! ¡Yahveh es Dios!»
Elías les dijo: «Prended a los profetas de Baal; que no escape ninguno.» Los prendieron, y Elías los hizo bajar al torrente Quisón y allí los degolló.
Entonces Elías dijo a Acab: «Sube, come y bebe, porque ya se oye el fragor de la lluvia.»
Acab subió a comer y a beber. Mientras tanto, Elías subió a la cumbre del Carmelo, se postró en tierra y puso su rostro entre las rodillas.
Dijo a su criado: «Sube, mira hacia el mar.» Subió, miró y dijo: «No hay nada.» El le dijo: «Vuelve siete veces.»
A la séptima vez dijo: «He aquí una nube pequeña como la palma de la mano, que sube del mar.» El dijo: «Sube, di a Acab: “Unce el carro y baja, para que no te sorprenda la lluvia.”»
En un momento, los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y se desencadenó un gran aguacero. Acab montó en su carro y se fue a Yizreel.
La mano de Yahveh vino sobre Elías, que se ciñó la ropa y corrió delante de Acab hasta la entrada de Yizreel.