Primer libro de los Reyes, que continúa la historia comenzada en 1 y 2 Samuel. Narra el final del reinado de David, la ascensión y el reinado de Salomón (incluyendo la construcción del Templo), y posteriormente la división del reino en Israel (Norte) y Judá (Sur). Cubre el ministerio del profeta Elías durante el reinado de Acab. Forma parte de los libros históricos en el canon cristiano.
1 Reyes
Capítulo 20 — Guerras contra los arameos
Ben Hadad, rey de Aram, reunió a todo su ejército; tenía consigo treinta y dos reyes, con caballos y carros. Subió, sitió a Samaria y la atacó.
Envió mensajeros a la ciudad a Acab, rey de Israel,
para decirle: «Así dice Ben Hadad: “Tu plata y tu oro son para mí; tus mujeres y tus hijos más hermosos son para mí.”»
El rey de Israel respondió: «Como dices, rey señor mío; tuyo soy yo y todo lo que tengo.»
Volvieron los mensajeros y dijeron: «Así dice Ben Hadad: “Te he mandado a decir: Dame tu plata y tu oro, tus mujeres y tus hijos.”
Pues mañana a estas horas enviaré a mis servidores a registrar tu casa y las casas de tus servidores; pondrán sus manos sobre todo cuanto posees y se lo llevarán.”»
El rey de Israel convocó a todos los ancianos del país y dijo: «Comprended, por favor, y ved cómo éste busca nuestra ruina; me ha mandado a pedir mis mujeres y mis hijos, mi plata y mi oro, y no se lo he negado.»
Todos los ancianos y todo el pueblo le dijeron: «No le escuches ni consientas.»
Dijo, pues, a los mensajeros de Ben Hadad: «Decid al rey, mi señor: Haré todo lo que mandaste decir a tu siervo en un principio, pero esto no lo puedo hacer.» Los mensajeros se fueron y le llevaron la respuesta.
Ben Hadad envió a decirle: «Así me castiguen los dioses y me añadan, si el polvo de Samaria es suficiente para llenar un puñado de toda la gente que me sigue.»
El rey de Israel respondió: «Decidle: “No se alabe quien se ciñe las armas como quien las depone.”»
Cuando Ben Hadad oyó esta respuesta, mientras él y los reyes estaban bebiendo en las tiendas, dijo a sus servidores: «¡A la carga!» Y se lanzaron contra la ciudad.
Entonces se acercó un profeta a Acab, rey de Israel, y le dijo: «Así dice Yahveh: ¿Has visto toda esa gran multitud? Pues hoy voy a entregarla en tu mano, y sabrás que yo soy Yahveh.»
Acab preguntó: «¿Por medio de quién?» Respondió: «Así dice Yahveh: Por medio de los escuderos de los jefes de las provincias.» Volvió a preguntar: «¿Quién comenzará el combate?» Respondió: «Tú.»
Pasó revista a los escuderos de los jefes de las provincias, que resultaron ser doscientos treinta y dos. Después pasó revista a todo el pueblo, a todos los israelitas, que eran siete mil.
Hicieron una salida al mediodía, mientras Ben Hadad se embriagaba en las tiendas con los treinta y dos reyes aliados suyos.
Salieron primero los escuderos de los jefes de las provincias. Ben Hadad envió a explorar, y le dijeron: «Unos hombres han salido de Samaria.»
El dijo: «Si han salido para la paz, prendedles vivos; si han salido para la guerra, prendedles vivos.»
Cuando los escuderos de los jefes de las provincias salieron de la ciudad, y detrás de ellos el ejército,
mató cada uno al hombre que tenía delante, y huyeron los arameos perseguidos por Israel. Ben Hadad, rey de Aram, se escapó a caballo con algunos jinetes.
El rey de Israel salió, tomó los caballos y los carros, e hirió a Aram con gran estrago.
Se acercó entonces el profeta al rey de Israel y le dijo: «Ve, refuerza tus tropas, considera bien lo que vas a hacer, porque al volver el año el rey de Aram subirá contra ti.»
Los servidores del rey de Aram le dijeron: «Su dios es un dios de las montañas; por eso nos han podido más que nosotros; pero si peleamos con ellos en la llanura, seguro que les podremos.
Procede así: destituye a cada rey de su cargo y pon en su lugar gobernadores.
Forma un ejército como el que perdiste, con el mismo número de caballos y carros; pelearemos con ellos en la llanura, y seguro que les podremos.» El rey les hizo caso.
Al año siguiente, Ben Hadad reunió a los arameos y subió a Afec para pelear contra Israel.
Los israelitas, por su parte, fueron reunidos y pertrechados; salieron a su encuentro; los israelitas acamparon frente a ellos como dos pequeños rebaños de cabras, mientras los arameos llenaban la región.
El hombre de Dios se acercó y dijo al rey de Israel: «Así dice Yahveh: “Por cuanto han dicho los arameos: Yahveh es un dios de las montañas, pero no un dios de los valles, voy a entregarte toda esa gran multitud, y sabréis que yo soy Yahveh.”»
Estuvieron siete días acampados frente a frente, y al séptimo día se trabó la batalla. Los israelitas mataron a los arameos cien mil soldados de a pie en un solo día.
Los que quedaron huyeron a Afec, dentro de la ciudad, y la muralla derrumbóse sobre los veintisiete mil hombres que habían quedado. Ben Hadad también huyó, y se metió en la ciudad en una alcoba.
Sus servidores le dijeron: «Hemos oído que los reyes de la casa de Israel son reyes clementes. Pongámonos, pues, sayales en los lomos y cuerdas a la cabeza, y salgamos al rey de Israel; quizá nos deje la vida.»
Se ciñeron, pues, sayales a la cintura y cuerdas a la cabeza, fueron al rey de Israel y le dijeron: «Tu siervo Ben Hadad dice: “Déjame la vida.”» El rey respondió: «¿Vive aún? Es mi hermano.»
Aquellos hombres lo tomaron como buen augurio, se apresuraron a aceptar la palabra de su boca y dijeron: «Ben Hadad es tu hermano.» El rey dijo: «Id a traerle.» Salió Ben Hadad hacia él, y el rey le hizo subir a su carro.
Ben Hadad le dijo: «Devolveré las ciudades que mi padre tomó a tu padre, y podrás poner calles en Damasco como mi padre las puso en Samaria.» «Yo -le respondió Acab- te dejaré ir mediante esta alianza.» Hizo con él una alianza y le dejó ir.
Entonces, por orden de Yahveh, uno de los hijos de los profetas dijo a su compañero: «Hiéreme, por favor.» Pero el hombre se negó a herirle.
El le dijo: «Por cuanto no has obedecido la voz de Yahveh, cuando te apartes de mí te matará un león.» Cuando se apartó de él, le encontró un león y le mató.
El profeta encontró a otro hombre y le dijo: «Hiéreme, por favor.» El hombre le hirió e hizo una herida.
El profeta fue a esperar al rey en el camino, y se disfrazó con una venda sobre los ojos.
Cuando el rey pasaba, gritó al rey: «Tu siervo salió al campo en medio del combate, y he aquí que un hombre me trajo a otro y me dijo: “Guarda a este hombre; si llegare a faltar, tu vida responderá por la suya, o pagarás un talento de plata.”
Pero estando yo distraído a un lado y otro, desapareció.» El rey de Israel le dijo: «Esa es tu sentencia; tú la has pronunciado.»
Entonces él se quitó presto la venda de los ojos, y el rey de Israel reconoció que era uno de los profetas.
El le dijo: «Así dice Yahveh: “Por haber dejado escapar de tu mano al hombre que yo había condenado, tu vida responderá por la suya, y tu pueblo por su pueblo.”»
El rey de Israel se fue a su casa, resentido y enojado, y llegó a Samaria.