Primer libro de los Reyes, que continúa la historia comenzada en 1 y 2 Samuel. Narra el final del reinado de David, la ascensión y el reinado de Salomón (incluyendo la construcción del Templo), y posteriormente la división del reino en Israel (Norte) y Judá (Sur). Cubre el ministerio del profeta Elías durante el reinado de Acab. Forma parte de los libros históricos en el canon cristiano.
1 Reyes
Capítulo 8 — Traslado del Arca al Templo
Entonces Salomón reunió ante sí en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los príncipes de las casas paternas de los israelitas, para trasladar el Arca de la Alianza de Yahveh desde la Ciudad de David, que es Sión.
Todos los hombres de Israel se reunieron en torno al rey Salomón en el mes de Etanim, que es el séptimo mes, durante la fiesta.
Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes levantaron el Arca.
Subieron el Arca de Yahveh, la Tienda del Encuentro y todos los utensilios sagrados que había en la Tienda; los sacerdotes y los levitas los subieron.
El rey Salomón y toda la comunidad de Israel reunida junto a él, delante del Arca, sacrificaban ovejas y bueyes en tal abundancia que no se podían contar ni numerar.
Los sacerdotes llevaron el Arca de la Alianza de Yahveh a su sitio, al Debir de la Casa, al Lugar Santísimo, bajo las alas de los querubines.
Porque los querubines extendían sus alas sobre el lugar del Arca, cubriendo el Arca y sus varales por encima.
Los varales eran tan largos, que sus extremos se veían desde el Lugar Santo delante del Debir, pero no se veían desde fuera. Han quedado allí hasta el día de hoy.
En el Arca no había nada más que las dos tablas de piedra que Moisés había puesto en ella en Horeb, cuando Yahveh hizo alianza con los israelitas al salir de la tierra de Egipto.
Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa de Yahveh,
y los sacerdotes no podían continuar sirviendo a causa de la nube, porque la Gloria de Yahveh llenaba la Casa de Yahveh.
Entonces dijo Salomón: «Yahveh ha decidido habitar en la nube oscura.
Yo te he edificado una casa magnífica, un lugar donde habites para siempre.»
El rey volvió su rostro y bendijo a toda la asamblea de Israel, mientras toda la asamblea de Israel estaba en pie.
Dijo: «Bendito sea Yahveh, Dios de Israel, que ha hablado por su boca a mi padre David, y por su mano lo ha cumplido, diciendo:
“Desde el día en que saqué a mi pueblo Israel de Egipto, no elegí ninguna ciudad entre todas las tribus de Israel para edificar una Casa donde residiera mi Nombre; sino que elegí a David para que presidiera a mi pueblo Israel.”
Mi padre David pensó en edificar una Casa al Nombre de Yahveh, Dios de Israel.
Pero Yahveh dijo a mi padre David: “Por cuanto has pensado edificar una Casa a mi Nombre, bien has hecho en pensarlo;
sólo que no serás tú quien edifique la Casa, sino tu hijo, nacido de tus entrañas, ese edificará la Casa a mi Nombre.”
Yahveh ha cumplido la promesa que había hecho: yo he sucedido a mi padre David y me he sentado en el trono de Israel, como dijo Yahveh, y he edificado la Casa al Nombre de Yahveh, Dios de Israel.
Y allí he dispuesto un sitio para el Arca, en la que está la alianza de Yahveh, la que hizo con nuestros padres cuando los sacó de la tierra de Egipto.»
Luego se puso Salomón delante del altar de Yahveh, frente a toda la asamblea de Israel, extendió sus manos al cielo,
y dijo: «Yahveh, Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas la alianza y la misericordia a tus siervos que caminan delante de ti con todo su corazón;
tú has guardado con tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste; lo que dijiste por tu boca lo has cumplido hoy con tu mano.
Ahora, pues, Yahveh, Dios de Israel, guarda a tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste cuando dijiste: “No faltará ante mí quien se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos guarden su conducta andando en mi presencia como has andado tú delante de mí.”
Ahora, pues, Dios de Israel, cúmplase la promesa que hiciste a tu siervo David, mi padre.
«¿Es posible que Dios more sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no pueden contenerte. ¡Cuánto menos esta Casa que yo he edificado!
Atiende, pues, a la oración de tu siervo y a su súplica, Yahveh, Dios mío, escuchando el clamor y la plegaria que te dirige hoy tu siervo.
Que tus ojos estén abiertos noche y día sobre esta Casa, sobre el lugar del que dijiste: “Mi Nombre estará allí.” Escucha la oración que tu siervo te dirige en este lugar.
Atiende la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando rueguen en este lugar. Escúchalo tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona.
«Si alguno peca contra su prójimo y le exigen juramento, y él viene a jurar ante tu altar en esta Casa,
tú lo escucharás desde el cielo; actuarás, juzgarás a tus siervos, condenando al culpable para hacer recaer su proceder sobre su cabeza, y vindicando al inocente para darle según su inocencia.
«Cuando tu pueblo Israel sea derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, si se vuelven a ti, confiesan tu nombre, rezan y te imploran en esta Casa,
tú los escucharás desde el cielo, perdonarás el pecado de tu pueblo Israel y lo harás volver a la tierra que diste a sus padres.
«Cuando el cielo se cierre y no haya lluvia, porque pecaron contra ti, si rezan en este lugar, confiesan tu nombre y se convierten de su pecado porque los afligiste,
tú los escucharás desde el cielo, perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, y les mostrarás el camino bueno por el que deben andar, y darás la lluvia sobre la tierra que has dado a tu pueblo por heredad.
«Si hay hambre en la tierra, si hay peste, tizón, añublo, langosta, pulgón; si el enemigo le acosa en el país sitiando sus puertas; cualquier plaga, cualquier enfermedad que sea;
toda oración y toda súplica que haga cualquier hombre o todo tu pueblo Israel, reconociendo cada cual su propia plaga y extendiendo sus manos hacia esta Casa,
tú la escucharás desde el cielo, desde el lugar de tu morada; perdonarás, obrarás y darás a cada cual conforme a su proceder, según conozcas su corazón -porque sólo tú conoces el corazón de todos los hombres-,
y así te temerán todos los días que vivan sobre la superficie de la tierra que diste a nuestros padres.
«Y también al extranjero, que no es de tu pueblo Israel, cuando venga de un país lejano a causa de tu Nombre -
porque se oirá tu gran Nombre, tu mano fuerte y tu brazo extendido-, y venga a orar a esta Casa,
tú lo escucharás desde el cielo, desde el lugar de tu morada, y harás cuanto te pida el extranjero, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre y te teman como tu pueblo Israel, y sepan que tu Nombre es invocado sobre esta Casa que he edificado.
«Si tu pueblo sale a la guerra contra su enemigo por el camino que le envíes, y reza a Yahveh volviendo el rostro hacia la ciudad que tú has elegido y hacia la Casa que he edificado a tu Nombre,
tú escucharás desde el cielo su oración y su súplica, y harás que se le haga justicia.
«Si pecan contra ti -pues no hay hombre que no peque- y tú, airado contra ellos, los entregas al enemigo, que los deporte a tierra enemiga, lejana o cercana,
si ellos en la tierra adonde fueron deportados recapacitan, se convierten y te imploran en la tierra de sus conquistadores, diciendo: “Hemos pecado, hemos obrado perversamente, somos culpables;”
si se convierten a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de los enemigos que los deportaron, y te ruegan volviendo el rostro hacia la tierra que diste a sus padres, hacia la ciudad que elegiste y hacia la Casa que he edificado a tu Nombre,
tú escucharás desde el cielo, desde el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y harás que se les haga justicia.
Perdonarás a tu pueblo que ha pecado contra ti, todas las rebeldías que cometieron contra ti, y harás que alcancen compasión de parte de sus conquistadores, para que tengan compasión de ellos.
Porque ellos son tu pueblo, tu heredad, los que sacaste de Egipto, de en medio del horno de hierro.
Que tus ojos estén abiertos a la súplica de tu siervo y a la súplica de tu pueblo Israel, escuchándoles en todo cuanto te pidan.
Porque tú los has separado de entre todos los pueblos de la tierra para que fueran tu heredad, como lo declaraste por medio de Moisés, tu siervo, cuando sacaste a nuestros padres de Egipto, Señor Yahveh.»
Cuando Salomón terminó de dirigir a Yahveh toda esta plegaria y esta súplica, se levantó de delante del altar de Yahveh, donde estaba arrodillado con las manos extendidas al cielo,
y puesto en pie, bendijo a toda la asamblea de Israel en alta voz:
«Bendito sea Yahveh, que ha dado reposo a su pueblo Israel conforme a todo cuanto había dicho; no ha faltado ni una palabra de todas las promesas favorables que pronunció por medio de Moisés, su siervo.
Que Yahveh, nuestro Dios, esté con nosotros como estuvo con nuestros padres; que no nos abandone ni nos rechace.
Incline nuestros corazones hacia él, para que andemos por todos sus caminos y observemos los mandamientos, leyes y normas que dio a nuestros padres.
Y estas palabras mías con que he suplicado ante Yahveh, queden día y noche cerca de Yahveh, nuestro Dios, para que haga justicia a su siervo y a su pueblo Israel, según lo necesite cada día,
y para que todos los pueblos de la tierra conozcan que Yahveh es Dios y que no hay otro.
Vuestro corazón debe ser íntegro para con Yahveh, nuestro Dios, andando según sus leyes y guardando sus mandamientos, como hoy lo hacéis.»
El rey y todo Israel con él, ofrecieron sacrificios delante de Yahveh.
Salomón ofreció, como sacrificio de comunión que ofreció a Yahveh, veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas. Así fueron dedicados la Casa de Dios, el rey y todos los israelitas.
Aquel día santificó el rey el centro del atrio que está delante de la Casa de Yahveh, porque allí ofreció el holocausto, la oblación y los sebos de los sacrificios de comunión, ya que el altar de bronce que está delante de Yahveh era pequeño para contener el holocausto, la oblación y los sebos de los sacrificios de comunión.
Celebró Salomón en aquel tiempo la fiesta, y con él todo Israel, gran asamblea, desde la Entrada de Jamat hasta el Torrente de Egipto, delante de Yahveh, nuestro Dios, durante siete días.
El día octavo despidió al pueblo. Ellos bendijeron al rey y se fueron a sus tiendas, contentos y alegres de corazón por todo el bien que Yahveh había concedido a David, su siervo, y a Israel, su pueblo.