El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).
2 Crónicas
Capítulo 20 — Victoria sobre los moabitas y ammonitas
Después de esto, los moabitas y los ammonitas, y con ellos algunos de los maonitas, vinieron a hacer guerra contra Josafat.
Vinieron a decir a Josafat: «Una gran multitud viene contra ti de la otra parte del Mar, de Edom; ya están en Jasasón Tamar, que es Engadí.»
Josafat tuvo miedo y se dispuso a consultar a Yahveh. Proclamó un ayuno en todo Judá.
Se reunió Judá para pedir socorro a Yahveh; también de todas las ciudades de Judá vinieron para implorar a Yahveh.
Josafat se puso en pie en la asamblea de Judá y de Jerusalén, en la Casa de Yahveh, delante del atrio nuevo,
y dijo: «¡Oh Yahveh, Dios de nuestros padres! ¿No eres tú Dios en los cielos? ¿No dominas tú sobre todos los reinos de las naciones? En tu mano está la fuerza y el poder, y no hay quien te pueda resistir.
¿No eres tú, oh Dios nuestro, el que desposeíste a los habitantes de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la descendencia de Abrahán, tu amigo, para siempre?
Ellos han habitado en ella, y te han edificado en ella un santuario a tu Nombre, diciendo:
Si nos sobreviene una desgracia, la espada, el castigo, la peste o el hambre, nos presentaremos delante de esta Casa y delante de ti, porque tu Nombre está en esta Casa, clamaremos a ti en nuestra aflicción, y tú nos oirás y nos salvarás.
He aquí ahora los hijos de Ammón, de Moab y de la montaña de Seír, a quienes no permitiste que invadiera Israel cuando salían de Egipto, antes bien se apartaron de ellos y no los exterminaron.
Mira cómo nos pagan viniendo a arrojarnos de tu heredad que nos has dado en posesión.
¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque nosotros no tenemos fuerza para hacer frente a esta gran multitud que viene contra nosotros; no sabemos lo que hemos de hacer, pero nuestros ojos están puestos en ti.»
Todo Judá estaba en pie delante de Yahveh, con sus pequeños, sus mujeres y sus hijos.
Entonces, en medio de la asamblea, el espíritu de Yahveh vino sobre Yacaziel, hijo de Zacarías, hijo de Benaías, hijo de Jeiel, hijo de Matanías, levita de los hijos de Asaf,
y dijo: «Escuchad, todo Judá, habitantes de Jerusalén y rey Josafat. Así os dice Yahveh: No temáis ni os acobardéis ante esa gran multitud, porque esta guerra no es vuestra, sino de Dios.
Mañana descenderéis contra ellos; ellos suben por la cuesta de Sis, y los encontraréis al final del torrente, frente al desierto de Jeruel.
No seréis vosotros quienes combatáis en ésta: presentaos firmes, estad quietos y ved la victoria que Yahveh os concede, oh Judá y Jerusalén. No temáis ni os acobardéis; salid mañana a su encuentro, que Yahveh está con vosotros.»
Josafat se inclinó rostro en tierra, y todo Judá y los habitantes de Jerusalén se postraron ante Yahveh para adorarle.
Los levitas de los hijos de Quehat y de los hijos de Coré se levantaron para alabar a Yahveh, Dios de Israel, con voz muy poderosa.
Por la mañana madrugaron y salieron al desierto de Tecoa. Al salir, Josafat se puso en pie y dijo: «Escuchadme, Judá y habitantes de Jerusalén: Creed en Yahveh vuestro Dios y estaréis seguros; creed en sus profetas y triunfaréis.»
Consejóse con el pueblo, e instituyó a los que cantaban a Yahveh, vestidos de ornamentos sagrados, para que marcharan delante del ejército y alabaran diciendo: «Alabad a Yahveh, porque es eterno su amor.»
Cuando comenzaron las aclamaciones y las alabanzas, Yahveh puso una celada contra los ammonitas, moabitas y los del monte de Seír, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados.
Se levantaron los ammonitas y los moabitas contra los del monte de Seír para exterminarlos y acabar con ellos; y cuando acabaron con los habitantes de Seír, se ayudaron mutuamente a su propia destrucción.
Cuando Judá llegó al puesto de observación del desierto, miraron hacia la multitud; y he aquí que eran cadáveres tendidos en tierra, sin ningún superviviente.
Entonces Josafat y su gente fueron a saquear sus despojos; hallaron entre ellos bienes en gran cantidad, vestidos y objetos preciosos; cogieron para sí tanto que no podían llevarlo. Estuvieron tres días saqueando el botín, porque era muy abundante.
Al cuarto día se reunieron en el valle de Beracá, porque allí bendijeron a Yahveh; por eso llamaron aquel lugar «Valle de Beracá» hasta hoy.
Y volvieron todos los hombres de Judá y de Jerusalén, con Josafat a la cabeza, para regresar gozosos a Jerusalén, porque Yahveh les había llenado de alegría con la derrota de sus enemigos.
Entraron en Jerusalén, en la Casa de Yahveh, con cítaras, arpas y trompetas.
El terror de Dios invadió todos los reinos de las otras tierras cuando supieron que Yahveh había combatido contra los enemigos de Israel.
El reino de Josafat gozó de paz, y su Dios le dio tranquilidad por todas partes.
Josafat reinó sobre Judá. Tenía treinta y cinco años cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí.
Siguió el camino de su padre Asá, sin desviarse de él, haciendo lo recto a los ojos de Yahveh.
Sin embargo, los altos no desaparecieron, y el pueblo no había fijado aún su corazón en el Dios de sus padres.
Los demás hechos de Josafat, los primeros y los últimos, están escritos en las palabras de Jehú, hijo de Jananí, que fueron insertadas en el libro de los reyes de Israel.
Después de esto, Josafat, rey de Judá, se alió con Ocozías, rey de Israel, cuyo proceder era impío.
Se asoció con él para construir naves que fueran a Tarsis; las construyeron en Esyon Guéber.
Entonces Eliezer, hijo de Dodavahu de Maresá, profetizó contra Josafat diciendo: «Por cuanto te has aliado con Ocozías, Yahveh ha destruido tus obras.» Y las naves se hicieron pedazos, sin poder zarpar para Tarsis.