El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).
2 Crónicas
Capítulo 23 — Joás, rey de Judá
El año séptimo, Joiadá, cobrando ánimo, tomó consigo a los jefes de centenas: Azarías, hijo de Jerojam, Ismael, hijo de Johanán, Azarías, hijo de Oded, Maasías, hijo de Adaía, y Elisafat, hijo de Zicrí, e hizo con ellos alianza.
Recorrieron Judá, reunieron a los levitas de todas las ciudades de Judá y a los cabezas de casas paternas de Israel, y vinieron a Jerusalén.
Toda la asamblea hizo alianza en la Casa de Dios con el rey. Joiadá les dijo: «He aquí que el hijo del rey reinará, como había prometido Yahveh respecto a los hijos de David.
Esto es lo que habéis de hacer: una tercera parte de vosotros, los sacerdotes y levitas que entran en el sábado, hará la guardia en las puertas;
otra tercera parte estará en la casa del rey; y la otra tercera parte, en la puerta del Fundamento; todo el pueblo estará en los atrios de la Casa de Yahveh.
Que nadie entre en la Casa de Yahveh, sino los sacerdotes y los levitas que están de servicio; ellos entrarán porque son santos; pero todo el pueblo guardará la ordenanza de Yahveh.
Los levitas rodearán al rey por todas partes, cada uno con sus armas en la mano; y el que entre en la Casa sea muerto. Estad con el rey cuando entre y cuando salga.»
Los levitas y todo Judá hicieron conforme a todo cuanto había mandado el sacerdote Joiadá. Tomó cada uno a sus hombres, a los que entraban en el sábado con los que salían el sábado, porque el sacerdote Joiadá no había despedido los turnos.
El sacerdote Joiadá entregó a los jefes de centenas las lanzas, los escudos grandes y pequeños del rey David, que estaban en la Casa de Dios.
Colocó a todo el pueblo, cada cual con su arma en la mano, desde el lado derecho de la Casa hasta el lado izquierdo, frente al altar y frente a la Casa, alrededor del rey.
Luego sacaron al hijo del rey, le pusieron la diadema y el testimonio, y le proclamaron rey. Joiadá y sus hijos le ungieron y dijeron: «¡Viva el rey!»
Cuando Atalía oyó el estruendo del pueblo que aclamaba, se acercó al pueblo en la Casa de Yahveh.
Miró, y he aquí que el rey estaba junto a su columna a la entrada, con los jefes y los trompetas; todo el pueblo del país se regocijaba y tocaba las trompetas; los cantores con instrumentos musicales dirigían las alabanzas. Entonces Atalía rasgó sus vestiduras y gritó: «¡Traición, traición!»
El sacerdote Joiadá sacó fuera a los jefes de centenas, que mandaban el ejército, y les dijo: «Sacadla fuera de las filas; al que la siga, a espada.» Pues el sacerdote había dicho: «No la matéis en la Casa de Yahveh.»
Le abrieron paso, y ella fue hacia la entrada de la puerta de los Caballos, junto a la casa del rey; allí la mataron.
Joiadá hizo una alianza entre él, todo el pueblo y el rey, para ser el pueblo de Yahveh.
Todo el pueblo fue al templo de Baal y lo derribaron; rompieron sus altares y sus imágenes, y mataron delante de los altares a Matán, sacerdote de Baal.
Joiadá puso la vigilancia de la Casa de Yahveh en manos de los sacerdotes levitas, a quienes David había distribuido en la Casa de Yahveh para que ofrecieran los holocaustos de Yahveh, como está escrito en la Ley de Moisés, con alegría y cánticos, según la ordenación de David.
Estableció porteros en las puertas de la Casa de Yahveh, para que no entrara nadie inmundo por ningún motivo.
Tomó luego a los jefes de centenas, a los notables, a los que mandaban sobre el pueblo y a todo el pueblo del país, e hicieron bajar al rey de la Casa de Yahveh; y entrando por la puerta superior, a la casa del rey, sentaron al rey en el trono real.
Todo el pueblo del país se regocijó, y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado a espada.