El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).
2 Crónicas
Capítulo 28 — Acaz, rey de Judá
Tenía Acaz veinte años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo recto a los ojos de Yahveh, como su padre David,
sino que siguió los caminos de los reyes de Israel; incluso hizo fundir imágenes a los baales.
Ofreció sacrificios en el valle de Ben Hinom, e hizo pasar a sus hijos por el fuego, según las abominaciones de las naciones que Yahveh había desposeído delante de los israelitas.
Ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los altos, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso.
Yahveh su Dios le entregó en manos del rey de Aram; los arameos le derrotaron y le tomaron gran número de prisioneros, que llevaron a Damasco. También fue entregado en manos del rey de Israel, que le infligió una gran derrota.
Pecaj, hijo de Remalías, mató en Judá a 120.000 hombres en un solo día, todos hombres valientes, por haber abandonado a Yahveh, el Dios de sus padres.
Zicrí, un guerrero de Efraím, mató a Maasías, hijo del rey, a Azricán, mayordomo del palacio, y a Elcaná, el segundo después del rey.
Los israelitas llevaron cautivos a sus hermanos, 200.000 mujeres, hijos e hijas, y también tomaron de ellos mucho botín, que llevaron a Samaría.
Había allí un profeta de Yahveh, llamado Oded. Salió al encuentro del ejército que llegaba a Samaría y les dijo: «He aquí que por la ira de Yahveh, Dios de vuestros padres, contra Judá, los ha entregado en vuestras manos, y vosotros los habéis matado con furor que ha llegado hasta el cielo.
Y ahora pensáis someter a los hijos de Judá y de Jerusalén como esclavos y esclavas vuestros. ¿No sois vosotros también culpables ante Yahveh vuestro Dios?
Ahora, pues, escuchadme: devolved a los cautivos que habéis tomado de vuestros hermanos, porque la ira de Yahveh está sobre vosotros.»
Algunos de los jefes de los hijos de Efraím: Azarías, hijo de Johanán, Berequías, hijo de Mesilemot, Jezquías, hijo de Sallum, y Amasá, hijo de Hadlay, se alzaron contra los que venían de la guerra,
y les dijeron: «No traigáis aquí a los cautivos, porque nosotros seríamos culpables ante Yahveh, añadiendo a nuestros pecados y a nuestras culpas; grande es nuestra culpa, y la ira de Yahveh está sobre Israel.»
Entonces los soldados abandonaron los cautivos y el botín ante los jefes y toda la asamblea.
Los hombres designados por sus nombres tomaron a los cautivos, y de entre el botín vistieron a todos los que estaban desnudos; los vistieron, los calzaron, les dieron de comer y beber, los curaron y montaron en asnos a todos los débiles, y los llevaron a Jericó, la ciudad de las palmeras, junto a sus hermanos. Luego se volvieron a Samaría.
En aquel tiempo, el rey Acaz envió a pedir auxilio a los reyes de Asiria.
Los edomitas habían vuelto a atacar a Judá y hecho prisioneros.
Los filisteos se habían lanzado contra las ciudades de la Tierra Baja y del Negueb de Judá, y habían conquistado Bet Semes, Ayalón, Gederot, Soco con sus aldeas, Timná con sus aldeas y Guimzo con sus aldeas, y se establecieron allí.
Porque Yahveh humilló a Judá a causa de Acaz, rey de Israel, pues había desenfrenado a Judá y había prevaricado gravemente contra Yahveh.
Tiglat Piléser, rey de Asiria, vino contra él, le puso en apuros y no le sostuvo.
Acaz, despojando la Casa de Yahveh, la casa real y los jefes, dio al rey de Asiria, pero nada le aprovechó.
En el tiempo de su angustia, él, el rey Acaz, se hizo aún más infiel a Yahveh,
ofreciendo sacrificios a los dioses de Damasco, que le habían derrotado. «Ya que los dioses de los reyes de Aram les ayudan —dijo—, yo les ofreceré sacrificios para que me ayuden.» Pero ellos fueron causa de su ruina y de la de todo Israel.
Acaz reunió los utensilios de la Casa de Dios, los destrozó, cerró las puertas de la Casa de Yahveh, y se hizo altares en todas las esquinas de Jerusalén.
En cada ciudad de Judá hizo altos para quemar incienso a otros dioses, provocando así la ira de Yahveh, Dios de sus padres.
Los demás hechos de Acaz, su conducta, la primera y la última, están escritos en el libro de los reyes de Judá y de Israel.
Acaz se acostó con sus padres, y le sepultaron en la ciudad, en Jerusalén, porque no le llevaron a los sepulcros de los reyes de Israel. Reinó en su lugar su hijo Ezequías.