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El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).

2 Crónicas

Capítulo 32 — Invasión de Senaquerib

1

Después de estas cosas y de esta fidelidad, vino Senaquerib, rey de Asiria, invadió Judá, sitió las ciudades fortificadas y ordenó que se las entregaran.

2

Cuando Ezequías vio que Senaquerib venía y se disponía a atacar a Jerusalén,

3

decidió con sus jefes y sus valientes cegar las fuentes de agua que había fuera de la ciudad, y ellos le apoyaron.

4

Se reunió mucha gente, y cegaron todas las fuentes y el torrente que discurría por medio de la tierra, diciendo: «¿Por qué han de encontrar los reyes de Asiria al venir muchas aguas?»

5

Se esforzó, reedificó todas las murallas que estaban derribadas, levantó torres sobre ellas, otra muralla exterior, fortificó el Millo de la ciudad de David, y fabricó muchas armas y escudos.

6

Puso jefes militares sobre el pueblo, los reunió en la plaza de la puerta de la ciudad, y habló al corazón de ellos diciendo:

7

«Sed fuertes y animosos; no temáis ni os acobardéis ante el rey de Asiria ni ante toda esa multitud que le acompaña, porque con nosotros hay más que con él.

8

Con él está el brazo de carne, pero con nosotros está Yahveh nuestro Dios para ayudarnos y para pelear nuestras batallas.» El pueblo cobró ánimo con las palabras de Ezequías, rey de Judá.

9

Después de esto, Senaquerib, rey de Asiria, mientras estaba con todo su ejército frente a Laquís, envió a sus siervos a Jerusalén, a Ezequías, rey de Judá, y a todos los de Judá que estaban en Jerusalén, para decir:

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«Así dice Senaquerib, rey de Asiria: ¿En quién confiáis para quedaros sitiados en Jerusalén?

11

¿No os engaña Ezequías para entregaros a la muerte, al hambre y a la sed, diciendo: Yahveh nuestro Dios nos librará de la mano del rey de Asiria?

12

¿No es Ezequías el que ha suprimido sus altos y sus altares, y ha dicho a Judá y a Jerusalén: Os postraréis ante un solo altar y sobre él ofreceréis incienso?

13

¿No sabéis lo que yo y mis padres hemos hecho a todos los pueblos de las otras tierras? ¿Acaso los dioses de las naciones de aquellas tierras han podido librar sus tierras de mi mano?

14

¿Qué dios de todos esos pueblos que mis padres destruyeron pudo librar a su pueblo de mi mano? ¿Podrá vuestro Dios libraros de mi mano?

15

Ahora, pues, no os engañe Ezequías ni os alucine así; no le creáis. Si ningún dios de ninguna nación o reino pudo librar a su pueblo de mi mano ni de la mano de mis padres, ¡mucho menos vuestro Dios podrá libraros de mi mano!»

16

Sus siervos hablaron todavía más contra Yahveh Dios y contra su siervo Ezequías.

17

Escribió también cartas insultando a Yahveh, Dios de Israel, y hablando contra él: «Como los dioses de las naciones de otras tierras no libraron a su pueblo de mi mano, tampoco el Dios de Ezequías librará a su pueblo de mi mano.»

18

Gritaron a gran voz, en lengua judía, al pueblo de Jerusalén que estaba sobre las murallas, para aterrarles y amedrentarles, a fin de tomar la ciudad.

19

Hablaron del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, obra de manos de hombre.

20

Entonces el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, oraron y clamaron al cielo.

21

Yahveh envió un ángel, que exterminó a todos los guerreros valientes, a los jefes y oficiales del campamento del rey de Asiria. Y éste regresó lleno de vergüenza a su tierra. Cuando entró en el templo de su dios, sus propios hijos le mataron allí a espada.

22

Así salvó Yahveh a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de toda otra mano, y les dio seguridad por todas partes.

23

Muchos trajeron ofrendas a Yahveh a Jerusalén y regalos a Ezequías, rey de Judá, y desde entonces fue engrandecido ante los ojos de todas las naciones.

24

Por aquellos días, Ezequías cayó enfermo de muerte. Oró a Yahveh, y él le respondió y le concedió un prodigio.

25

Pero Ezequías, según la recompensa que recibió, no correspondió, porque su corazón se ensoberbeció, y la ira de Dios vino sobre él, sobre Judá y Jerusalén.

26

Luego Ezequías se humilló de la soberbia de su corazón, él y los habitantes de Jerusalén, y la ira de Yahveh no vino sobre ellos en vida de Ezequías.

27

Ezequías tuvo riquezas y gloria en gran abundancia. Se hizo tesoros de plata, oro, piedras preciosas, aromas, escudos y toda clase de objetos preciosos.

28

Graneros para las cosechas de trigo, mosto y aceite; establos para toda clase de ganado; y apriscos para los rebaños.

29

Se edificó ciudades, y tuvo rebaños de ovejas y bueyes en abundancia, porque Dios le había dado muy grande hacienda.

30

Este mismo Ezequias cegó la salida de agua de Guijón, y la desvió hacia el oeste de la ciudad de David. Ezequías prosperó en todas sus empresas.

31

Sin embargo, cuando los enviados de los príncipes de Babilonia vinieron a preguntarle por el prodigio que había sucedido en el país, Dios le abandonó para probarle y conocer todo lo que había en su corazón.

32

Los demás hechos de Ezequías y sus obras piadosas están escritos en la visión del profeta Isaías, hijo de Amós, en el libro de los reyes de Judá y de Israel.

33

Ezequías se acostó con sus padres, y le sepultaron en la subida de los sepulcros de los hijos de David; a su muerte le honró todo Judá y los habitantes de Jerusalén. Reinó en su lugar su hijo Manasés.

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