El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).
2 Crónicas
Capítulo 34 — Josías, rey de Judá
Tenía Josías ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén.
Hizo lo recto a los ojos de Yahveh, y siguió los caminos de su padre David, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda.
El año octavo de su reinado, siendo aún joven, comenzó a buscar al Dios de su padre David; y el año duodécimo comenzó a purificar Judá y Jerusalén de los altos, de las culebras, de las imágenes talladas y de las fundiciones.
Derribaron en su presencia los altares de los baales, y despedazó los altares de incienso que había encima de ellos; desmenuzó las culebras, las imágenes talladas y las fundiciones, las redujo a polvo, y lo esparció sobre las sepulturas de los que les habían ofrecido sacrificios.
Quemó los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y purificó a Judá y a Jerusalén.
En las ciudades de Manasés, de Efraím, de Simeón, y hasta Neftalí, en sus ruinas alrededor,
derribó los altares, desmenuzó las culebras y las imágenes, y las redujo a polvo, y destrozó todos los altares de incienso por toda la tierra de Israel. Luego volvió a Jerusalén.
El año decimoctavo de su reinado, después de haber purificado la tierra y la Casa, envió a Safán, hijo de Asalías, a Maasías, gobernador de la ciudad, y a Joaj, hijo de Joacaz, el canciller, para reparar la Casa de Yahveh su Dios.
Fueron al sumo sacerdote Jilquías, y le entregaron el dinero que se había traído a la Casa de Dios, que los levitas porteros habían recogido de Manasés, Efraím, de todo el resto de Israel, de todo Judá y Benjamín, y de los habitantes de Jerusalén.
Lo entregaron en manos de los que hacían el trabajo, de los comisarios de la Casa de Yahveh, y éstos lo dieron a los que trabajaban en la Casa de Yahveh para reparar y restaurar la Casa.
Lo dieron a los carpinteros y constructores para comprar piedra de cantería y madera para las armaduras y para entablar los edificios que los reyes de Judá habían destruido.
Aquellos hombres trabajaban fielmente en la obra. Los mayordomos de ellos eran Yajat y Abdías, levitas de los hijos de Merarí, y Zacarías y Mesullam, de los hijos de Quehat, que dirigían. Los levitas, todos expertos en instrumentos de música,
presidían a los cargadores y dirigían a todos los operarios en cada trabajo. Había también levitas secretarios, comisarios y porteros.
Cuando sacaron el dinero que se había traído a la Casa de Yahveh, el sacerdote Jilquías encontró el libro de la Ley de Yahveh dada por Moisés.
Jilquías tomó la palabra y dijo al secretario Safán: «He encontrado el libro de la Ley en la Casa de Yahveh.» Y entregó Jilquías el libro a Safán.
Safán llevó el libro al rey y dio también al rey esta respuesta: «Tus siervos están haciendo todo lo que se les ha encargado.
Han fundido el dinero que se halló en la Casa de Yahveh, y lo han entregado en manos de los mayordomos y de los que hacen el trabajo.»
El secretario Safán dijo además al rey: «El sacerdote Jilquías me ha dado un libro.» Y Safán lo leyó ante el rey.
Cuando el rey oyó las palabras de la Ley, rasgó sus vestiduras.
El rey ordenó a Jilquías, a Ajicam, hijo de Safán, a Abdón, hijo de Miqueas, al secretario Safán y a Asaías, ministro del rey:
«Id, consultad a Yahveh por mí y por lo que queda en Israel y en Judá, acerca de las palabras del libro que se ha encontrado; porque grande es la ira de Yahveh que se ha derramado sobre nosotros, ya que nuestros padres no han guardado la palabra de Yahveh, para obrar conforme a todo lo que está escrito en este libro.»
Fue Jilquías con los enviados del rey a la profetisa Juldá, mujer de Sallum, hijo de Tohat, hijo de Hasrá, guarda del vestuario, que habitaba en Jerusalén, en el barrio nuevo, y le hablaron.
Ella les respondió: «Así dice Yahveh, Dios de Israel: Decid al hombre que os ha enviado a mí:
Así dice Yahveh: He aquí que voy a traer una desgracia sobre este lugar y sobre sus habitantes, todas las maldiciones escritas en el libro que se ha leído ante el rey de Judá.
Por cuanto me han abandonado y han ofrecido incienso a otros dioses, provocándome a ira con todas las obras de sus manos, mi ira se derramará sobre este lugar y no se apagará.
Pero al rey de Judá que os ha enviado a consultar a Yahveh, le diréis: Así dice Yahveh, Dios de Israel: Por cuanto has escuchado las palabras del libro,
y se ha enternecido tu corazón y te has humillado delante de Dios al oír sus palabras contra este lugar y contra sus habitantes, y te has humillado delante de mí, has rasgado tus vestiduras y has llorado delante de mí, también yo te he oído, oráculo de Yahveh.
He aquí que yo te reuniré con tus padres, serás llevado a tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán la desgracia que voy a traer sobre este lugar y sobre sus habitantes.» Ellos llevaron la respuesta al rey.
El rey mandó reunir a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.
Subió a la Casa de Yahveh con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el mayor hasta el menor; y leyó en presencia de ellos todas las palabras del libro de la alianza que se había encontrado en la Casa de Yahveh.
El rey, puesto en pie sobre su estrado, hizo alianza delante de Yahveh, de seguir a Yahveh y de guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus leyes, de todo corazón y de toda alma, cumpliendo las palabras de la alianza escritas en aquel libro.
Hizo prestar juramento a todos los que se hallaban en Jerusalén y en Benjamín; y los habitantes de Jerusalén obraron según la alianza de Dios, del Dios de sus padres.
Josías apartó todas las abominaciones de todos los territorios de los israelitas, e hizo que cuantos se hallaban en Israel sirvieran a Yahveh su Dios. Mientras vivió, no se apartaron de seguir a Yahveh, Dios de sus padres.