El libro de las Crónicas (originalmente un solo libro) fue escrito después del exilio babilónico, posiblemente por Esdras, con el propósito de unificar al pueblo restaurado alrededor del Templo de Jerusalén y la dinastía davídica. A diferencia del libro de los Reyes, que juzga a los reyes desde una perspectiva profética, Crónicas los presenta desde una perspectiva sacerdotal y davídica, omitiendo los pecados de David y Salomón para enfatizar la gloria del Templo y la fidelidad de Judá. Es canónico en todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en la Biblia hebrea es el último libro de la sección de los 'Ketuvim' (Escritos).
2 Crónicas
Capítulo 36 — Caída de Jerusalén y decreto de Ciro
La población del país tomó a Joacaz, hijo de Josías, y le hizo rey en lugar de su padre, en Jerusalén.
Tenía Joacaz veintitrés años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén.
El rey de Egipto le depuso en Jerusalén y condenó el país a una contribución de cien talentos de plata y uno de oro.
El rey de Egipto puso a Eliaquim, hermano de Joacaz, como rey sobre Judá y Jerusalén, y le cambió el nombre por el de Joaquim. Necao tomó a su hermano Joacaz y se lo llevó a Egipto.
Tenía Joaquim veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Hizo lo malo a los ojos de Yahveh su Dios.
Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él y le ató con cadenas para llevarle a Babilonia.
Nabucodonosor llevó también a Babilonia algunos de los objetos de la Casa de Yahveh, y los puso en su palacio de Babilonia.
Los demás hechos de Joaquim, las abominaciones que cometió y todo lo que se halló en su contra, están escritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá. Su hijo Joaquín reinó en su lugar.
Tenía Joaquín dieciocho años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén. Hizo lo malo a los ojos de Yahveh.
Pasado el año, el rey Nabucodonosor mandó traerlo a Babilonia junto con los objetos preciosos de la Casa de Yahveh, y constituyó a su hermano Sedecías rey sobre Judá y Jerusalén.
Tenía Sedecías veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén.
Hizo lo malo a los ojos de Yahveh su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías que hablaba de parte de Yahveh.
Se rebeló asimismo contra el rey Nabucodonosor, que le había conjurado por Dios. Endureció su cerviz y obstinó su corazón, hasta dejar de convertirse a Yahveh, Dios de Israel.
También todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo aumentaron su infidelidad, imitando todas las abominaciones de las naciones, y contaminaron la Casa que Yahveh había santificado en Jerusalén.
Yahveh, el Dios de sus padres, les envió con insistencia sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su propia Morada.
Pero ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y se mofaban de sus profetas, hasta que la ira de Yahveh subió contra su pueblo, sin que hubiera ya remedio.
Entonces hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en el recinto de su santuario. No tuvo compasión del joven ni de la doncella, del anciano ni del decrépito: a todos los entregó en sus manos.
Todos los objetos de la Casa de Dios, grandes y pequeños, los tesoros de la Casa de Yahveh y los tesoros del rey y de sus jefes, todo lo llevó a Babilonia.
Incendiaron la Casa de Dios, derribaron las murallas de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.
A los que escaparon de la espada los llevó cautivos a Babilonia, donde fueron siervos suyos y de sus hijos hasta la llegada del imperio persa.
Así se cumplió la palabra de Yahveh por boca de Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de su desolación, hasta cumplirse los setenta años.»
El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de Yahveh pronunciada por Jeremías, movió Yahveh el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual mandó pregonar de viva voz y por escrito en todo su reino:
«Así dice Ciro, rey de Persia: Yahveh, el Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra, y él me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a todo su pueblo, que Yahveh su Dios sea con él, y que suba.»