El Libro de Enoc es un texto apocalíptico judío del período del Segundo Templo, tradicionalmente atribuido a Enoc, bisabuelo de Noé. Aunque excluido del canon de la mayoría de las tradiciones cristianas y judías, es considerado canónico por la Iglesia Ortodoxa Etíope (Tewahedo). Fragmentos arameos del libro fueron encontrados entre los Manuscritos del Mar Muerto en Qumrán. La traducción aquí utilizada es una versión en español basada en la edición académica de R.H. Charles (1917) de la Oxford University Press.
Enoc
Capítulo 14
El libro de las palabras de justicia, y de la reprensión de los Vigilantes eternos de acuerdo con el mandato del Santo Grande en aquella visión.
Vi en mi sueño lo que ahora diré con una lengua de carne y con el aliento de mi boca: que el Grande dio a los hombres para conversar con ella y entender con el corazón.
Como Él creó y dio "al hombre
Escribí vuestra petición, y en mi visión apareció así, que vuestra petición no os será concedida a través de todos los días de la eternidad, y que el juicio fue finalmente pasado sobre vosotros: sí (vuestra petición) no os será concedida.
Y de aquí en adelante no subiréis al cielo por toda la eternidad, y en cadenas de la tierra el decreto salió para prenderos por todos los días del mundo.
Y (que) anteriormente habréis visto la destrucción de vuestros amados hijos y no tendréis placer en ellos, sino que caerán delante de vosotros por la espada.
Y vuestra petición en favor de ellos no será concedida, ni aún en favor de vosotros mismos: aunque lloréis y oréis y habléis todas las palabras contenidas en el escrito que escribí.
Y la visión me fue mostrada así: He aquí que en la visión nubes me invitaron y una niebla me llamó, y el curso de las estrellas y los relámpagos se apresuraron y me aceleraron, y los vientos en la visión me hicieron volar y me levantaron arriba, y me llevaron al cielo.
Y entré hasta acercarme a un muro que es construido de cristales y cercado por lenguas de fuego: y comenzó a atemorizarme.
Y entré en las lenguas de fuego y me acerqué a una gran casa que fue construida de cristales: y las paredes de la casa eran como un pavimento de mosaico (hecho) de cristales, y su fundamento era de cristal.
Su techo era como el camino de las estrellas y de los relámpagos, y entre ellos había querubines de fuego, y su cielo era (claro como) agua.
Un fuego flameante cercaba las paredes, y sus portales ardían con fuego.
Y entré en aquella casa, y estaba caliente como fuego y fría como hielo: no había deleites de vida en ella: el miedo me cubrió, y el temblor se apoderó de mí.
Y mientras temblaba y estremecía, caí sobre mi rostro. Y contemplé una visión,
¡Y he aquí! había una segunda casa, mayor que la primera, y todo el portal estaba abierto delante de mí, y fue construida de llamas de fuego.
Y en todos los respetos era tan excelente en esplendor y magnificencia y extensión que no puedo describiros su esplendor y su extensión.
Y su pavimento era de fuego, y sobre él estaban relámpagos y el camino de las estrellas, y su techo también era fuego flameante.
Y miré y vi "en él" un trono elevado: su apariencia era como cristal, y sus ruedas como el sol resplandeciente, y había la visión de querubines.
Y de debajo del trono salían ríos de fuego flameante de modo que no podía mirar hacia ellos.
Y la Gran Gloria estaba sentada sobre él, y Su vestido brillaba más intensamente que el sol y era más blanco que cualquier nieve.
Ninguno de los ángeles podía entrar y podía contemplar Su rostro a causa de la magnificencia y gloria, y ninguna carne Lo podía contemplar.
El fuego flameante estaba alrededor de Él, y un gran fuego estaba delante de Él, y ninguno de los que estaban alrededor se podía acercar a Él: diez mil veces diez mil (estaban) delante de Él, sin embargo Él no necesitaba consejero.
Y los santísimos que estaban cerca de Él no se apartaban de noche ni se apartaban de Él.
Y hasta entonces yo estuve postrado sobre mi rostro, temblando: y el Señor me llamó con Su propia boca, y me dijo: 'Ven aquí, Enoc, y oye mi palabra.'
'Y uno de los santos vino a mí y me despertó', y Él me hizo levantar y acercarme a la puerta: y bajé mi rostro hacia abajo.