El Libro de Esdras narra el regreso de los exiliados judíos de Babilonia a Jerusalén bajo el liderazgo de Zorobabel y, posteriormente, del escriba Esdras. Describe la reconstrucción del Templo, los decretos de Ciro, Darío y Artajerjes, y las reformas religiosas implementadas por Esdras para restaurar la obediencia a la Ley de Moisés. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
1 Esdras (Esdras)
Capítulo 4
Cuando los enemigos de Judá y Benjamín supieron que los que habían vuelto del cautiverio edificaban un templo al Señor, Dios de Israel,
se acercaron a Zorobabel y a los cabezas de familia y les dijeron: «Queremos edificar con vosotros, porque, como vosotros, buscamos a vuestro Dios, y también le ofrecemos sacrificios desde los días de Asaradón, rey de Asiria, que nos trajo aquí.»
Pero Zorobabel, Jesúa y los otros cabezas de familia de Israel les respondieron: «No podéis edificar con nosotros una casa para nuestro Dios; nosotros solos edificaremos para el Señor, Dios de Israel, como nos ordenó el rey Ciro, rey de Persia.»
Entonces el pueblo de aquella tierra desanimó al pueblo de Judá, y les atemorizaba impidiéndoles edificar.
Además contrataron contra ellos consejeros para frustrar sus planes, todos los días de Ciro, rey de Persia, hasta el reinado de Darío, rey de Persia.
En el reinado de Asuero, al comienzo de su reinado, escribieron una acusación contra los habitantes de Judá y Jerusalén.
En tiempos de Artajerjes, Bislam, Mitrídates, Tabeel y los demás compañeros escribieron a Artajerjes, rey de Persia; la carta estaba escrita en escritura aramea y traducida al arameo.
Rehum, el canciller, y Simsai, el escriba, escribieron una carta contra Jerusalén al rey Artajerjes, del tenor siguiente:
«Rehum, el canciller, Simsai, el escriba, y los demás compañeros, los dinaítas, afarsatacaítas, tarpelitas, afarsitas, arquevitas, babilonios, susanquitas, deavitas y elamitas,
y los demás pueblos que el grande y glorioso Asnapar deportó e hizo habitar en la ciudad de Samaria y en las otras provincias de Transeufratina, etcétera.»
Ésta es la copia de la carta que le enviaron: «Al rey Artajerjes: Tus siervos, los hombres de Transeufratina, etcétera.
Sepa el rey que los judíos que subieron de ti a nosotros han venido a Jerusalén, y están reedificando esa ciudad rebelde y malvada; están levantando sus muros y reparando los cimientos.
Ahora bien, sepa el rey que si esa ciudad es reedificada y se terminan sus murallas, no pagarán tributo, impuesto ni renta, y el erario real sufrirá quebranto.
Como nosotros estamos a sueldo del palacio y no nos es conveniente ver la deshonra del rey, por eso enviamos a informar al rey,
para que se investigue en el libro de las memorias de tus padres; y hallarás en el libro de las memorias y sabrás que esa ciudad es una ciudad rebelde, perjudicial a reyes y provincias, y que desde tiempos antiguos se han tramado en ella sediciones; por eso fue destruida.
Hacemos saber al rey que si esa ciudad es reedificada y sus murallas terminadas, no te quedará nada en Transeufratina.»
El rey envió esta respuesta a Rehum, el canciller, a Simsai, el escriba, y a los demás compañeros que habitan en Samaria y los otros de Transeufratina: «Paz, etcétera.
La carta que nos habéis enviado ha sido leída claramente en mi presencia.
Mandé hacer una investigación, y se ha comprobado que esa ciudad desde tiempos antiguos se ha sublevado contra los reyes, y que en ella se han fomentado rebeliones y sediciones.
Hubo reyes poderosos en Jerusalén que dominaron todo Transeufratina, y se les pagaba tributo, impuesto y renta.
Ahora, pues, dad orden para que cesen esos hombres y que esa ciudad no sea reedificada hasta nueva orden.
Guardaos de ser negligentes en este asunto; ¿por qué ha de crecer el daño en perjuicio de los reyes?»
Cuando se leyó la copia de la carta del rey Artajerjes ante Rehum, Simsai, el escriba, y sus compañeros, fueron inmediatamente a Jerusalén, a los judíos, y les hicieron cesar por la fuerza.
Entonces cesó la obra de la Casa de Dios, que estaba en Jerusalén, y quedó suspendida hasta el año segundo del reinado de Darío, rey de Persia.