El Libro de Esdras narra el regreso de los exiliados judíos de Babilonia a Jerusalén bajo el liderazgo de Zorobabel y, posteriormente, del escriba Esdras. Describe la reconstrucción del Templo, los decretos de Ciro, Darío y Artajerjes, y las reformas religiosas implementadas por Esdras para restaurar la obediencia a la Ley de Moisés. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
1 Esdras (Esdras)
Capítulo 6
Entonces el rey Darío dio orden de buscar en la casa de los archivos, donde se guardaban los tesoros en Babilonia.
Y fue hallado en Ecbatana, la fortaleza que está en la provincia de Media, un rollo en el que estaba escrito así: «Memorial.
El año primero del rey Ciro, el rey Ciro decretó acerca de la Casa de Dios en Jerusalén: "Sea reedificada la Casa para ofrecer sacrificios, y sean firmes sus cimientos; su altura será de sesenta codos, y su anchura de sesenta codos,
con tres hileras de grandes piedras y una hilera de madera nueva; el gasto será pagado por la casa del rey.
También los utensilios de oro y de plata de la Casa de Dios, que Nabucodonosor sacó del templo de Jerusalén y llevó a Babilonia, sean devueltos y llevados al templo de Jerusalén, cada uno a su lugar, y los pondrás en la Casa de Dios."»
«Ahora pues, Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Bozenay y sus compañeros, los afarsaquitas de Transeufratina, apartaos de allí.
Dejad que se haga la obra de esa Casa de Dios; que los judíos reedifiquen su Casa de Dios en su lugar, y no les impidáis.
Y por mí se decreta lo que habéis de hacer con esos ancianos de los judíos para que reedifiquen esa Casa de Dios: que de los bienes del rey, de los tributos de Transeufratina, sean pagados puntualmente los gastos a esos hombres, para que no cesen las obras.
Y lo que sea menester, como novillos, carneros y corderos para holocaustos al Dios del cielo, trigo, sal, vino y aceite, según la indicación de los sacerdotes que están en Jerusalén, se les dé cada día sin falta,
para que ofrezcan sacrificios de aroma agradable al Dios del cielo y oren por la vida del rey y de sus hijos.
También por mí se decreta que todo hombre que altere este mandato, se le arranque una viga de su casa y sea alzado y clavado en ella, y que su casa sea convertida en muladar por ello.
Y el Dios que hizo habitar allí su nombre derribe a todo rey y pueblo que atente contra este mandato para destruir esa Casa de Dios que está en Jerusalén. Yo, Darío, he dado este decreto; ejecútese con toda fidelidad.»
Entonces Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Bozenay y sus compañeros ejecutaron puntualmente lo que había ordenado el rey Darío.
Y los ancianos de los judíos edificaron y prosperaron, conforme a la profecía de Ageo, el profeta, y de Zacarías, hijo de Idó; edificaron y terminaron, conforme al mandato del Dios de Israel y conforme al mandato de Ciro, de Darío y de Artajerjes, rey de Persia.
Esta Casa fue terminada el día tercero del mes de Adar, el año sexto del reinado del rey Darío.
Los hijos de Israel, los sacerdotes, los levitas y los demás que habían vuelto del cautiverio hicieron la dedicación de esta Casa de Dios con alegría.
Para la dedicación de esta Casa de Dios ofrecieron cien novillos, doscientos carneros, cuatrocientos corderos, y doce machos cabríos para el sacrificio por el pecado de todo Israel, conforme al número de las tribus de Israel.
Luego establecieron a los sacerdotes según sus clases y a los levitas según sus turnos, para el servicio de Dios que está en Jerusalén, como está escrito en el libro de Moisés.
Los que habían vuelto del cautiverio celebraron la Pascua el día catorce del mes primero.
Los sacerdotes y los levitas se habían purificado como un solo hombre; todos estaban puros; entonces inmolaron la Pascua para todos los que habían vuelto del cautiverio, para sus hermanos los sacerdotes y para sí mismos.
Comieron los hijos de Israel que habían regresado del cautiverio, junto con todos los que se habían apartado de la impureza de las naciones de la tierra para unirse a ellos y buscar al Señor, Dios de Israel.
Celebraron la fiesta de los Panes Ázimos durante siete días con alegría, porque el Señor los había llenado de alegría y había cambiado el corazón del rey de Asiria en favor de ellos, para fortalecer sus manos en la obra de la Casa de Dios, el Dios de Israel.