El Libro de Esdras narra el regreso de los exiliados judíos de Babilonia a Jerusalén bajo el liderazgo de Zorobabel y, posteriormente, del escriba Esdras. Describe la reconstrucción del Templo, los decretos de Ciro, Darío y Artajerjes, y las reformas religiosas implementadas por Esdras para restaurar la obediencia a la Ley de Moisés. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
1 Esdras (Esdras)
Capítulo 9
Acabadas estas cosas, los príncipes se acercaron a mí diciendo: «El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de los pueblos de estas tierras, siguiendo sus abominaciones, como los cananeos, hititas, fereceos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos.
Porque han tomado de sus hijas para sí y para sus hijos, y se ha mezclado la descendencia santa con los pueblos de estas tierras; y la mano de los príncipes y de los gobernadores ha sido la primera en esta transgresión.»
Al oír esta palabra, rasgué mi vestido y mi manto, arranqué pelos de mi cabeza y de mi barba, y me senté consternado.
Entonces se reunieron conmigo todos los que temblaban ante las palabras del Dios de Israel, a causa de la transgresión de los que habían vuelto del cautiverio; mientras yo permanecía sentado consternado hasta el sacrificio de la tarde.
A la hora del sacrificio de la tarde, me levanté de mi humillación, con mi vestido y mi manto rasgados, y me postré de rodillas y extendí mis manos al Señor mi Dios,
y dije: «Dios mío, estoy confuso y avergonzado, Dios mío, de levantar mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza y nuestra culpa ha crecido hasta el cielo.
Desde los días de nuestros padres hasta hoy hemos estado en gran culpa; y a causa de nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, al cautiverio, al saqueo y a la confusión, como hoy.
Ahora, por un breve momento, el Señor nuestro Dios ha tenido misericordia de nosotros, dejándonos algunos supervivientes y dándonos un clavo en su lugar santo, para que nuestro Dios ilumine nuestros ojos y nos dé un poco de vida en medio de nuestra servidumbre.
Porque siervos somos, pero en nuestra servidumbre nuestro Dios no nos ha abandonado, sino que ha extendido su misericordia sobre nosotros ante los reyes de Persia, para darnos vida, para levantar la Casa de nuestro Dios y reparar sus ruinas, y para darnos una cerca en Judá y en Jerusalén.»
«Ahora, pues, Dios nuestro, ¿qué diremos después de esto? Porque hemos abandonado tus mandamientos,
que mandaste por medio de tus siervos los profetas, diciendo: "La tierra que vais a poseer es tierra inmunda por la impureza de los pueblos de estas tierras, por sus abominaciones con que la han llenado de un extremo a otro de su impureza.
Ahora, pues, no deis vuestras hijas a sus hijos, ni toméis sus hijas para vuestros hijos, ni busquéis nunca su paz ni su bien; para que seáis fuertes, comáis el bien de la tierra y la dejéis por herencia a vuestros hijos para siempre."»
«Después de todo lo que nos ha sucedido por nuestras malas obras y por nuestra gran culpa, aunque tú, Dios nuestro, has castigado menos de lo que merecían nuestras iniquidades, y nos has dado un remanente como éste,
¿vamos a volver a violar tus mandamientos y a emparentar con estos pueblos abominables? ¿No te enojarías contra nosotros hasta consumirnos, sin dejar remanente ni superviviente alguno?
Señor, Dios de Israel, tú eres justo, porque aún hemos quedado como remanente, como hoy; aquí estamos delante de ti con nuestra culpa, aunque por ella nadie puede estar en tu presencia.»