El Libro de Nehemías continúa la narración del regreso del exilio babilónico, centrándose en la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías, copero del rey Artajerjes. El libro también describe las reformas religiosas y sociales implementadas por Nehemías en conjunción con Esdras, incluyendo la lectura pública de la Ley y la renovación de la alianza. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
2 Esdras (Nehemías)
Capítulo 1
Palabras de Nehemías, hijo de Hacalías. Sucedió en el mes de Quisleu, el año veinte, hallándome yo en Susa, la capital,
que vino Jananí, uno de mis hermanos, con unos varones de Judá. Yo les pregunté por los judíos que habían quedado, los que habían sobrevivido a la cautividad, y por Jerusalén.
Ellos me dijeron: «Los que han quedado de la cautividad, allí en la provincia, están en gran desgracia y afrenta; la muralla de Jerusalén está derruida y sus puertas destruidas por el fuego.»
Al oír estas palabras, me senté a llorar, e hice duelo por algunos días; ayuné y oré ante el Dios de los cielos,
y dije: «¡Ah, Yahveh, Dios de los cielos, Dios grande y temible, que guarda la alianza y la misericordia con los que le aman y guardan sus mandamientos!
Estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para escuchar la oración de tu siervo, que yo hago ahora ante ti día y noche por los hijos de Israel, tus siervos, mientras confieso los pecados de los hijos de Israel, que hemos cometido contra ti. También yo y la casa de mi padre hemos pecado.
Nos hemos portado muy mal contra ti, no hemos guardado los mandamientos, ni los preceptos, ni las leyes que mandaste a Moisés, tu siervo.
«Recuerda, por favor, la palabra que mandaste a tu siervo Moisés, diciendo: "Si vosotros prevaricáis, yo os dispersaré entre los pueblos;
pero si os convertís a mí, guardáis mis mandamientos y los cumplís, aunque vuestros desterrados estén en el extremo del cielo, de allí los recogeré y los llevaré al lugar que yo escogí para hacer morar allí mi Nombre.
«Ellos son tus siervos y tu pueblo, que tú rescataste con tu gran poder y con tu mano fuerte.
¡Oh, Señor, que esté atento tu oído a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que desean temer tu Nombre, y haz prosperar hoy a tu siervo, dale gracia ante ese hombre!» Pues yo era el copero del rey.