El Libro de Nehemías continúa la narración del regreso del exilio babilónico, centrándose en la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías, copero del rey Artajerjes. El libro también describe las reformas religiosas y sociales implementadas por Nehemías en conjunción con Esdras, incluyendo la lectura pública de la Ley y la renovación de la alianza. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
2 Esdras (Nehemías)
Capítulo 10
Los que la sellaron fueron: Nehemías, el gobernador, hijo de Hacalías, y Sedecías,
Seraías, Azarías, Jeremías,
Pasjur, Amarías, Malquías,
Hatús, Sebanías, Maluc,
Harim, Meremot, Abdías,
Daniel, Guinetón, Baruc,
Mesulán, Abías, Miamín,
Maazías, Bilgay, Semaías; ésos fueron los sacerdotes.
Los levitas: Jesúa, hijo de Azanías, Binúi, de los hijos de Henadad, Cadmiel;
y sus hermanos: Sebanías, Hodías, Quelitá, Pelaías, Hanán;
Micá, Rejob, Hasabías;
Zacur, Serebías, Sebanías;
Hodías, Baní, Beninu.
Los jefes del pueblo: Parós, Pajat Moab, Elán, Zatu, Baní,
Buní, Azgad, Bebai,
Adonías, Bigvay, Adín,
Ater, Ezequías, Azur,
Hodías, Hasún, Besai,
Harif, Anatot, Nebai,
Magpias, Mesulán, Hezir,
Mesezabeel, Sadoc, Jadúa,
Pelatías, Hanán, Anaías,
Oseas, Hananías, Hasub,
Halohes, Piljá, Sobeq,
Rehum, Hasbaná, Maasías,
Ajías, Hanán, Anán,
Maluc, Harim y Baaná.
El resto del pueblo, los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los servidores del templo y todos los que se habían separado de los pueblos de las tierras para adherirse a la ley de Dios, con sus mujeres, sus hijos y sus hijas, todos los que tenían conocimiento y juicio,
se adhirieron a sus hermanos, a sus jefes, y bajo juramento se comprometieron a seguir la ley de Dios, que fue dada por medio de Moisés, siervo de Dios, a observar y cumplir todos los mandamientos de Yahveh, nuestro Señor, sus preceptos y sus estatutos:
que no daríamos nuestras hijas a los pueblos del país ni tomaríamos sus hijas para nuestros hijos;
que si los pueblos del país trajeran mercancías o comestibles el día de sábado para vender, no les compraríamos en sábado ni en día santo; y que dejaríamos el año séptimo y perdonaríamos toda deuda.
También nos impusimos como obligación darnos cada año la tercera parte de un siclo para el servicio de la Casa de nuestro Dios:
para los panes de la proposición, para la ofrenda perpetua, para el holocausto perpetuo, para los sábados, para las lunas nuevas, para las fiestas, para las cosas sagradas, para los sacrificios por el pecado que expían a Israel y para toda la obra de la Casa de nuestro Dios.
Echamos suertes, los sacerdotes, los levitas y el pueblo, sobre la ofrenda de la leña que se había de traer a la Casa de nuestro Dios, según nuestras casas paternas, en tiempos señalados cada año, para quemarla sobre el altar de Yahveh nuestro Dios, como está escrito en la ley.
Que traeríamos cada año a la Casa de Yahveh las primicias de nuestra tierra y las primicias de todo fruto de todos los árboles;
que traeríamos a la Casa de nuestro Dios, a los sacerdotes que sirven en la Casa de nuestro Dios, los primogénitos de nuestros hijos y de nuestro ganado, como está escrito en la ley, y los primogénitos de nuestras vacas y de nuestras ovejas;
que traeríamos a los sacerdotes, a las cámaras de la Casa de nuestro Dios, las primicias de nuestra masa, nuestras ofrendas, del fruto de todo árbol, del mosto y del aceite; y el diezmo de nuestra tierra a los levitas, los levitas deben recibir el diezmo en todas las ciudades de nuestro cultivo.
El sacerdote, hijo de Aarón, estará con los levitas cuando reciban el diezmo; y los levitas llevarán el diezmo del diezmo a la Casa de nuestro Dios, a las cámaras de la casa del tesoro.
Porque a las cámaras deben traer los israelitas y los levitas la ofrenda de grano, del mosto y del aceite; allí están los utensilios del santuario, y los sacerdotes que sirven, los porteros y los cantores. No abandonaremos la Casa de nuestro Dios.