El Libro de Nehemías continúa la narración del regreso del exilio babilónico, centrándose en la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías, copero del rey Artajerjes. El libro también describe las reformas religiosas y sociales implementadas por Nehemías en conjunción con Esdras, incluyendo la lectura pública de la Ley y la renovación de la alianza. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
2 Esdras (Nehemías)
Capítulo 2
Sucedió en el mes de Nisán, el año veinte del rey Artajerjes, que estaba el vino delante de él, y yo tomé el vino y se lo di al rey. No había estado yo triste antes en su presencia.
El rey me dijo: «¿Por qué está triste tu rostro, si no estás enfermo? No es sino tristeza de corazón.» Entonces temí en gran manera.
Y dije al rey: «¡Viva el rey para siempre! ¿Cómo no va a estar triste mi rostro, cuando la ciudad, el lugar de los sepulcros de mis padres, está asolada y sus puertas consumidas por el fuego?»
El rey me dijo: «¿Qué pides?» Entonces oré al Dios de los cielos,
y dije al rey: «Si al rey le parece bien, y si tu siervo es grato en tu presencia, te ruego que me envíes a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, para que la reedifique.»
El rey me dijo, estando la reina sentada junto a él: «¿Cuánto durará tu viaje? ¿Y cuándo volverás?» Pareció bien al rey enviarme, y yo le señalé una fecha.
Y dije al rey: «Si al rey le parece bien, que se me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me dejen pasar hasta que llegue a Judá;
y una carta para Asaf, guarda del bosque del rey, a fin de que me dé madera para las puertas de la fortaleza del templo, para la muralla de la ciudad y para la casa que yo habite.» El rey me las concedió, porque la mano benéfica de mi Dios estaba sobre mí.
Fui, pues, a los gobernadores de Transeufratina y les di las cartas del rey. El rey había enviado conmigo jefes del ejército y caballería.
Cuando lo oyeron Sanbalat, el horonita, y Tobías, el siervo amonita, les disgustó mucho que hubiera venido alguien que procurara el bien de los israelitas.
Llegué a Jerusalén, y estuve allí tres días.
Me levanté de noche, yo y unos pocos hombres conmigo, sin haber contado a nadie lo que mi Dios me había puesto en el corazón de hacer por Jerusalén. No llevaba otra cabalgadura que la mía.
Salí de noche por la puerta del Valle hacia la fuente del Dragón y la puerta del Muladar; y observaba las murallas de Jerusalén, derruidas, y sus puertas, consumidas por el fuego.
Continué hacia la puerta de la Fuente y al estanque del Rey, pero no tenía espacio por donde pasar la cabalgadura.
Subí de noche por el torrente, observando la muralla; luego, dando la vuelta, entré por la puerta del Valle y regresé.
Los magistrados no sabían a dónde había ido yo ni lo que había hecho. Hasta entonces no había dicho nada a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los nobles, ni a los magistrados, ni a los demás que habían de hacer la obra.
Les dije: «Veis la mala situación en que nos encontramos: Jerusalén, en ruinas, y sus puertas, consumidas por el fuego. ¡Venid, edifiquemos la muralla de Jerusalén y no sigamos siendo el oprobio!»
Les conté cómo la mano benéfica de mi Dios estaba sobre mí y también las palabras que el rey me había dicho. Dijeron: «¡Levantémonos y edifiquemos!» Y se echaron a la obra con buena voluntad.
Al oírlo Sanbalat, el horonita, Tobías, el siervo amonita, y Guésem, el árabe, se burlaron de nosotros y nos despreciaron diciendo: «¿Qué es eso que hacéis? ¿Os vais a rebelar contra el rey?»
Yo les respondí: «El Dios de los cielos nos hará prosperar; nosotros, sus siervos, nos levantaremos y edificaremos. Vosotros, en cambio, no tenéis parte ni derecho ni recuerdo en Jerusalén.»