El Libro de Nehemías continúa la narración del regreso del exilio babilónico, centrándose en la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías, copero del rey Artajerjes. El libro también describe las reformas religiosas y sociales implementadas por Nehemías en conjunción con Esdras, incluyendo la lectura pública de la Ley y la renovación de la alianza. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo.
2 Esdras (Nehemías)
Capítulo 5
Se produjo entonces un gran clamor del pueblo y de sus mujeres contra sus hermanos judíos.
Unos decían: «Nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas somos muchos. Necesitamos trigo para comer y vivir.»
Otros decían: «Estamos empeñando nuestros campos, nuestras viñas y nuestras casas para conseguir trigo durante el hambre.»
Otros decían: «Hemos tomado dinero prestado para el tributo del rey sobre nuestros campos y viñas.
Pues bien, nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos y nuestros hijos como sus hijos; sin embargo, tenemos que someter a esclavitud a nuestros hijos y a nuestras hijas, y algunas de nuestras hijas ya están sometidas. Nada podemos hacer, pues nuestros campos y viñas son de otros.»
Me indigné mucho cuando oí sus clamores y estas palabras.
Reflexioné en mi corazón y reprendí a los nobles y a los magistrados. Les dije: «Estáis exigiendo préstamos con interés a vuestros hermanos.» Convoqué contra ellos una gran asamblea,
y les dije: «En la medida de nuestras posibilidades, hemos rescatado a nuestros hermanos judíos que se habían vendido a las naciones. ¿Vais a vender vosotros ahora a vuestros hermanos? ¿Habremos de rescatarlos nosotros?» Ellos callaron y no encontraron qué responder.
Yo añadí: «No está bien lo que hacéis. ¿No debierais andar en el temor de nuestro Dios, para evitar el insulto de las naciones, nuestras enemigas?
Yo mismo, mis hermanos y mis servidores hemos prestado dinero y trigo. ¡Renunciemos a este préstamo con interés!
Devolvedles, pues, hoy mismo sus campos, sus viñas, sus olivares y sus casas, así como la centésima parte del dinero, del trigo, del mosto y del aceite que les habéis prestado.»
Ellos respondieron: «Lo devolveremos y no reclamaremos nada de ellos; haremos como tú dices.» Convoqué entonces a los sacerdotes y les hice prestar juramento de que cumplirían esta promesa.
Me sacudí el manto y dije: «Así sacuda Dios de su casa y de sus bienes a todo el que no cumpla esta promesa; así sea sacudido y desposeído.» Toda la asamblea respondió: «¡Amén!» y alabaron a Yahveh. Y el pueblo cumplió su promesa.
Además, desde el día en que fui nombrado gobernador de la tierra de Judá, desde el año veinte hasta el año treinta y dos del rey Artajerjes, durante doce años, ni yo ni mis hermanos comimos el pan del gobernador.
Los anteriores gobernadores que me precedieron habían agobiado al pueblo, tomándole pan y vino, y además cuarenta siclos de plata; hasta sus servidores tiranizaban al pueblo. Pero yo no hice así por temor a Dios.
También trabajé personalmente en la edificación de esta muralla; no compramos ningún campo, y todos mis servidores estaban allí reunidos para la obra.
Además, había sentados a mi mesa ciento cincuenta hombres entre judíos y magistrados, sin contar los que venían a nosotros de las naciones vecinas.
Lo que se preparaba cada día era: un buey, seis ovejas escogidas y también aves, y una vez cada diez días, toda clase de vino en abundancia. A pesar de todo esto, yo no reclamé el pan del gobernador, porque la servidumbre pesaba mucho sobre este pueblo.
¡Acuérdate de mí para bien, Dios mío, de cuanto he hecho a este pueblo!