Génesis es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y también por el judaísmo. Forma parte de la Torá (Pentateuco), tradicionalmente atribuida a Moisés, y es fundamental para la comprensión de los orígenes del mundo y del pueblo de Israel.
Génesis
Capítulo 38
Por aquel tiempo, Judá se apartó de sus hermanos y fue a casa de un adulamita llamado Jurá.
Allí vio Judá a la hija de un cananeo llamado Suá; la tomó y se unió a ella.
Ella concibió y dio a luz un hijo, y le llamó Er.
Concibió de nuevo y dio a luz un hijo, y le llamó Onán.
Volvió a concebir y dio a luz un hijo, y le llamó Selá. Estaba Judá en Kezib cuando ella dio a luz.
Judá tomó para Er, su primogénito, una mujer llamada Tamar.
Pero Er, primogénito de Judá, era malo a los ojos de Yahveh, y Yahveh le hizo morir.
Entonces Judá dijo a Onán: «Únete a la mujer de tu hermano, cumple con ella el deber del cuñado y suscita descendencia a tu hermano.»
Pero Onán sabía que la descendencia no sería suya; así que cuando se unía a la mujer de su hermano, derramaba el semen en tierra, para no dar descendencia a su hermano.
Desagradó a los ojos de Yahveh lo que hacía, y también le hizo morir a él.
Entonces Judá dijo a su nuera Tamar: «Quédate viuda en casa de tu padre hasta que crezca mi hijo Selá.» Pues pensaba: «No sea que muera también él como sus hermanos.» Y Tamar se fue a casa de su padre.
Pasaron muchos días y murió la hija de Suá, mujer de Judá. Cuando Judá se hubo consolado, subió a Timná, a la trasquila de su rebaño, él y su amigo Jurá, el adulamita.
Avisaron a Tamar: «Mira, tu suegro sube a Timná para la trasquila de su rebaño.»
Ella se quitó sus vestidos de viuda, se cubrió con un velo, se atavió, y se sentó a la entrada de Enaim, que está en el camino de Timná, porque veía que Selá era ya grande y ella no le era dada por mujer.
Al verla Judá, creyó que era una prostituta, porque ella se había cubierto el rostro.
Se apartó del camino y dijo: «Déjame unirme a ti.» Pues no sabía que era su nuera. Ella dijo: «¿Qué me darás por unirte a mí?»
El respondió: «Te enviaré un cabrito del rebaño.» Ella dijo: «Si me das una prenda hasta que lo envíes.»
El preguntó: «¿Qué prenda te daré?» Ella respondió: «Tu sello, tu cordón y el bastón que llevas.» El se los dio, se unió a ella, y ella concibió de él.
Luego ella se levantó, se fue, y quitándose el velo, se vistió con sus vestidos de viuda.
Judá envió el cabrito por medio de su amigo el adulamita, para recuperar la prenda de manos de la mujer, pero no la encontró.
Preguntó a los hombres del lugar: «¿Dónde está la prostituta que se sentaba a la entrada de Enaim?» Ellos respondieron: «Aquí no ha habido ninguna prostituta.»
Volvió, pues, donde Judá y dijo: «No la he encontrado; y además los hombres del lugar me dicen que allí no ha habido ninguna prostituta.»
Judá dijo: «Que se quede con las prendas, no se hable más; que no nos expongamos al ridículo. ¡Yo le he enviado este cabrito y tú no la has encontrado!»
Unos tres meses después, avisaron a Judá: «Tu nuera Tamar se ha prostituido, y además está encinta a consecuencia de sus prostituciones.» Judá dijo: «Sacadla fuera para que sea quemada.»
Cuando la sacaban, envió a decir a su suegro: «Del hombre a quien pertenecen estas cosas estoy encinta.» Y añadió: «Reconoce, por favor, de quién es este sello, este cordón y este bastón.»
Judá los reconoció y dijo: «Ella es más justa que yo, porque yo no la he dado a mi hijo Selá.» Y no volvió a conocerla más.
Cuando llegó el tiempo del parto, resultó que tenía mellizos en su vientre.
En el momento del parto, uno de ellos sacó la mano; la partera la cogió y ató a ella un hilo de grana, diciendo: «Este sale primero.»
Pero él retiró la mano, y entonces salió su hermano. Ella dijo: «¡Qué brecha te has abierto!» Y le llamó Peres.
Luego salió su hermano, el que tenía el hilo de grana en la mano, y le llamó Zeraj.