Génesis es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y también por el judaísmo. Forma parte de la Torá (Pentateuco), tradicionalmente atribuida a Moisés, y es fundamental para la comprensión de los orígenes del mundo y del pueblo de Israel.
Génesis
Capítulo 42
Viendo Jacob que en Egipto había trigo, dijo a sus hijos: «¿Por qué os estáis mirando el uno al otro?»
Y añadió: «He oído que hay trigo en Egipto. Bajad allí a comprarnos provisiones, para que podamos sobrevivir y no muramos.»
Diez hermanos de José bajaron a Egipto a comprar trigo.
A Benjamín, hermano de José, no le envió Jacob con sus hermanos, porque decía: «No vaya a sucederle una desgracia.»
Así fueron los hijos de Israel a comprar, en medio de la caravana que iba, porque el hambre había en la tierra de Canaán.
José era la autoridad en el país; él vendía el trigo a toda la gente del país. Llegaron los hermanos de José y se postraron ante él rostro en tierra.
José vio a sus hermanos y los reconoció, pero se hizo extraño y les habló duramente. «¿De dónde venís?» les preguntó. Ellos respondieron: «De la tierra de Canaán, a comprar provisiones.»
José reconoció a sus hermanos, pero ellos no le reconocieron.
Recordó entonces José los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo: «Vosotros sois unos espías; habéis venido a descubrir los puntos débiles del país.»
Ellos respondieron: «No, señor; tus siervos han venido a comprar provisiones.
Todos somos hijos de un mismo padre; somos sinceros; tus siervos no son espías.»
El insistió: «No; habéis venido a descubrir los puntos débiles del país.»
Ellos dijeron: «Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un mismo padre, de la tierra de Canaán. El menor está hoy con nuestro padre, y el otro ya no existe.»
José les replicó: «Es lo que os he dicho: sois espías.
Vais a ser sometidos a prueba. ¡Por vida del Faraón, que no saldréis de aquí hasta que vuestro hermano menor venga!
Enviad a uno de vosotros a buscar a vuestro hermano; los demás quedaréis presos; así se probará si decís verdad, y si no, ¡por vida del Faraón!, sois espías.»
Y los tuvo tres días encerrados.
Al tercer día, José les dijo: «Haced esto y viviréis, porque temo a Dios.
Si sois sinceros, quede uno de vuestros hermanos preso en la casa donde estáis detenidos; id los demás, llevad trigo para vuestras familias hambrientas,
y traedme a vuestro hermano menor; así se probará que vuestras palabras son verdaderas, y no moriréis.» Ellos accedieron.
Se dijeron entonces el uno al otro: «Ciertamente, hemos pecado contra nuestro hermano, porque vimos su angustia cuando nos suplicaba, y no le escuchamos; por eso nos ha sobrevenido esta aflicción.»
Rubén les respondió: «¿No os lo decía yo? «No pequéis contra el niño», y no me hicisteis caso. Pues ahora, su sangre se nos pide.»
Ellos ignoraban que José entendía, pues él les hablaba por medio de intérprete.
José se apartó de ellos y lloró. Luego se volvió a ellos, les habló, y tomó de entre ellos a Simeón, al que hizo apresar delante de sus ojos.
José mandó llenar de trigo sus sacos, devolver el dinero a cada uno, poniéndolo en su saco, y darles provisiones para el camino. Y así se hizo.
Cargaron el trigo sobre sus asnos, y se fueron de allí.
Al abrir uno su saco para dar pienso a su asno en el lugar donde pasaban la noche, vio su dinero que estaba en la boca del saco,
y dijo a sus hermanos: «Me han devuelto mi dinero, aquí está, en mi saco.» Se les sobresaltó el corazón, y temblorosos se decían: «¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?»
Llegaron a su padre Jacob, a la tierra de Canaán, y le contaron cuanto les había acontecido, diciendo:
«El señor de aquella tierra nos habló duramente, y nos trató como a espías del país.
Nosotros le dijimos: «Somos sinceros, no somos espías.
Somos doce hermanos, hijos de nuestro padre; el menor está hoy con nuestro padre, y el otro ya no existe.»
Entonces nos dijo el señor de aquella tierra: «En esto conoceré que sois sinceros: dejad conmigo a uno de vuestros hermanos, tomad para el hambre de vuestras familias, e idos.
Traedme a vuestro hermano menor, y sabré que no sois espías, sino que sois sinceros; entonces os devolveré a vuestro hermano y podréis comerciar en el país.»»
Vaciaron sus sacos, y vio cada uno su atado de dinero en su saco. Al ver ellos y su padre los atados de dinero, tuvieron miedo.
Su padre Jacob les dijo: «Me habéis privado de mis hijos: José no existe, Simeón no existe, y a Benjamín os lo queréis llevar. Todo me sale a mí al revés.»
Rubén dijo a su padre: «Puedes matar a mis dos hijos si no te lo traigo. Ponlo en mis manos, que yo te lo devolveré.»
Pero él respondió: «Mi hijo no bajará con vosotros, porque su hermano ha muerto y sólo él me queda. Si le sucede una desgracia en el camino que hagáis, haréis que este hombre canoso baje al seol lleno de pesadumbre.»