Génesis es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y también por el judaísmo. Forma parte de la Torá (Pentateuco), tradicionalmente atribuida a Moisés, y es fundamental para la comprensión de los orígenes del mundo y del pueblo de Israel.
Génesis
Capítulo 43
El hambre iba arreciando en el país.
Cuando acabaron de comer el trigo que habían traído de Egipto, su padre les dijo: «Volved a comprarnos un poco de alimento.»
Judá respondió: «Aquel hombre nos advirtió formalmente: «No veréis mi rostro, si vuestro hermano no viene con vosotros.»
Si envías a nuestro hermano con nosotros, bajaremos y te compraremos alimento.
Pero si no lo envías, no bajaremos, porque aquel hombre nos ha dicho: «No veréis mi rostro, si vuestro hermano no viene con vosotros.»»
Israel dijo: «¿Por qué me habéis hecho daño, diciendo a aquel hombre que teníais otro hermano?»
Ellos respondieron: «Aquel hombre nos preguntó detalladamente por nosotros y por nuestra familia: «¿Vive aún vuestro padre? ¿Tenéis algún otro hermano?» Y nosotros respondimos a sus preguntas. ¿Podíamos acaso saber que nos iba a decir: «Traed a vuestro hermano»?»
Judá dijo a su padre Israel: «Envía al muchacho conmigo, y nos levantaremos e iremos, para que vivamos y no muramos nosotros, tú y nuestros hijos.
Yo saldré fiador por él; me lo pedirás a mí. Si no te lo devuelvo, si no lo pongo delante de ti, que lleve yo la culpa para siempre.
Si no nos hubiéramos entretenido, ya estaríamos de vuelta dos veces.»
Su padre Israel les dijo: «Pues ya que así es, haced lo siguiente: tomad en vuestros costales lo mejor de los productos de la tierra, y llevad un regalo a aquel hombre: un poco de bálsamo, un poco de miel, goma, resina, nueces y almendras.
Tomad doble cantidad de dinero, y devolved el dinero que fue puesto en la boca de vuestros sacos; quizá fue una equivocación.
Tomad a vuestro hermano, y volved a aquel hombre.
Que el Dios de los ejércitos os haga encontrar gracia ante aquel hombre, para que os suelte al otro hermano vuestro y a Benjamín. En cuanto a mí, si he de ser privado de mis hijos, ¡lo seré!»
Tomaron, pues, aquellos hombres el regalo, tomaron doble cantidad de dinero, cogieron a Benjamín, se levantaron, bajaron a Egipto y se presentaron delante de José.
Cuando José vio con ellos a Benjamín, dijo a su mayordomo: «Lleva a estos hombres a casa, mata una res y prepárala, porque estos hombres comerán conmigo al mediodía.»
El mayordomo hizo como José había mandado, y los condujo a casa de José.
Aquellos hombres tuvieron miedo al ser llevados a casa de José, y pensaron: «Es por el dinero de la otra vez, que fue devuelto a nuestros sacos; nos atacan, nos echan encima, nos toman como esclavos con nuestros asnos.»
Se acercaron, pues, al mayordomo de José, y le dijeron:
«Perdone, señor; nosotros bajamos ya otra vez a comprar provisiones.
Sucedió que cuando llegamos a la posada y abrimos nuestros sacos, el dinero de cada uno estaba en la boca de su saco, nuestro dinero en su peso; por eso lo hemos vuelto a traer.
Además hemos traído otro dinero para comprar provisiones. No sabemos quién puso aquel dinero en nuestros sacos.»
El mayordomo dijo: «Estad tranquilos, no tengáis miedo. Vuestro Dios y el Dios de vuestro padre ha puesto un tesoro en vuestros sacos. Yo recibí vuestro dinero.» Y les sacó a Simeón.
Luego los hizo entrar en casa de José, les dio agua para lavarse los pies, y dio pienso a sus asnos.
Ellos prepararon el regalo para cuando llegase José al mediodía, porque habían oído que allí iban a comer.
Cuando José llegó a casa, le ofrecieron el regalo que tenían en sus manos, y se postraron ante él en tierra.
El les preguntó por su salud, y dijo: «¿Cómo está vuestro padre, el anciano del que me hablasteis? ¿Vive todavía?»
Ellos respondieron: «Tu siervo, nuestro padre, está bien; vive todavía.» Y se inclinaron y se postraron.
Alzando luego los ojos, vio a Benjamín, su hermano, hijo de su madre, y preguntó: «¿Es éste vuestro hermano pequeño, del que me hablasteis?» Y añadió: «¡Dios te conceda su gracia, hijo mío!»
José se apresuró a salir, porque se conmovieron sus entrañas por su hermano, y estaba a punto de llorar. Entró en su habitación, y allí lloró.
Después se lavó la cara, salió, se contuvo, y dijo: «Servid la comida.»
Sirvieron a José aparte, a ellos aparte, y aparte a los egipcios que comían con él, porque los egipcios no pueden comer con los hebreos, pues es una abominación para los egipcios.
Se sentaron delante de él, el primogénito según su primogenitura, y el más pequeño según su juventud; y aquellos hombres se miraban entre sí con asombro.
El les envió porciones de su propia mesa, y la porción de Benjamín era cinco veces mayor que las de todos ellos. Ellos bebieron y se embriagaron con él.