Génesis es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y también por el judaísmo. Forma parte de la Torá (Pentateuco), tradicionalmente atribuida a Moisés, y es fundamental para la comprensión de los orígenes del mundo y del pueblo de Israel.
Génesis
Capítulo 50
Entonces José se echó sobre el rostro de su padre, lloró sobre él y le besó.
José ordenó a los médicos que estaban a su servicio que embalsamasen a su padre; y los médicos embalsamaron a Israel.
Tardaron cuarenta días, pues ése era el tiempo requerido para el embalsamamiento. Los egipcios le lloraron setenta días.
Pasados los días del duelo, dijo José a los miembros de la casa del Faraón: «Si he hallado gracia a vuestros ojos, decid, por favor, al Faraón:
Mi padre me hizo jurar, diciéndome: «Voy a morir; en el sepulcro que me cavé en la tierra de Canaán, allí me enterrarás.» Ahora, pues, permíteme subir a enterrar a mi padre; luego volveré.»
El Faraón respondió: «Sube a enterrar a tu padre, conforme a lo que te ha jurado.»
Subió José a enterrar a su padre; con él subieron todos los servidores del Faraón, los ancianos de su casa, y todos los ancianos del país de Egipto,
toda la casa de José, sus hermanos y la casa de su padre. Sólo dejaron en la tierra de Gosen a los niños y al ganado menudo y vacuno.
Subieron con él también carros y gente de a caballo, formando un cortejo muy numeroso.
Llegados a la era de Atad, que está al otro lado del Jordán, celebraron un duelo grande y muy solemne, y él hizo siete días de duelo por su padre.
Los habitantes cananeos del país vieron el duelo en la era de Atad, y dijeron: «¡Qué duelo tan solemne el de los egipcios!» Por eso llamaron a aquel lugar Abel Misraim; está al otro lado del Jordán.
Sus hijos hicieron con él conforme a lo que les había mandado;
sus hijos lo llevaron a la tierra de Canaán y lo enterraron en la cueva del campo de Macpelá, el campo que Abrahán había comprado con la cueva como propiedad sepulcral, de Efrón, el hitita, frente a Mamré.
Después de haber enterrado a su padre, volvió José a Egipto, él y sus hermanos, y todos los que con él habían subido.
Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: «Quizá nos aborrezca José, y nos devuelva todo el mal que le hicimos.»
Por eso mandaron a decir a José: «Antes de morir, tu padre nos ordenó:
«Así diréis a José: «Perdona, por favor, la iniquidad de tus hermanos y su pecado, porque te hicieron mal.» Por eso, perdona ahora la iniquidad de los siervos del Dios de tu padre.» Al oír esto, José lloró.
Vinieron también sus hermanos y se postraron ante él, diciendo: «Aquí nos tienes como siervos tuyos.»
José les respondió: «No temáis. ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?
Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que estamos viendo hoy: salvar la vida de un pueblo numeroso.
Ahora, pues, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros pequeños.» Y los consoló, hablándoles al corazón.
José residió en Egipto, él y la casa de su padre; y vivió ciento diez años.
Vio José a los hijos de Efraín hasta la tercera generación; también los hijos de Maquir, hijo de Manasés, nacieron sobre las rodillas de José.
José dijo a sus hermanos: «Yo voy a morir; mas Dios os visitará ciertamente, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró dar a Abrahán, a Isaac y a Jacob.»
Luego les hizo jurar, diciendo: «Cuando Dios os visite, os llevaréis de aquí mis huesos.»
Murió José a la edad de ciento diez años; le embalsamaron y fue puesto en un ataúd en Egipto.