El Éxodo es el segundo libro del Pentateuco y narra la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, la entrega de la Ley en el monte Sinaí y la construcción del Tabernáculo. Su canonicidad es aceptada por todas las tradiciones cristianas, aunque existen diferencias en la numeración de algunos versículos, especialmente en los capítulos 7 y 8.
Éxodo
Capítulo 10
Dijo Yahveh a Moisés: «Ve a presentarte a Faraón; porque soy yo quien ha endurecido su corazón y el corazón de sus servidores, con el fin de hacer estas mis señales en medio de ellos,
y para que puedas contar a tus hijos y a tus nietos lo que he hecho en Egipto y las señales que he realizado contra ellos. Así sabréis que yo soy Yahveh.»
Fueron, pues, Moisés y Aarón a Faraón y le dijeron: «Así dice Yahveh, el Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja partir a mi pueblo para que me dé culto.
Porque si te niegas a dejar partir a mi pueblo, mañana traeré la langosta sobre tu territorio.
Cubrirá la faz del suelo de modo que no se pueda ver la tierra; devorará el resto que escapó del granizo, os devorará todo árbol que crece en el campo.
Llenará tus casas, las casas de tus servidores y las casas de todos los egipcios, como no vieron tus padres ni tus abuelos desde el día que vinieron al mundo hasta hoy.» Y volvió la espalda y salió de la presencia de Faraón.
Los servidores de Faraón le dijeron: «¿Hasta cuándo será este hombre un lazo para nosotros? Deja partir a esa gente, para que den culto a Yahveh, su Dios. ¿No te has dado cuenta de que Egipto está perdido?»
Llamaron, pues, a Moisés y a Aarón para que volvieran a Faraón, y él les dijo: «Id, dad culto a Yahveh, vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir?»
Moisés respondió: «Iremos con nuestros jóvenes y nuestros viejos, con nuestros hijos y nuestras hijas, con nuestras ovejas y nuestras vacadas; porque es una fiesta de Yahveh para nosotros.»
Replicóles: «¡Así os ayude Yahveh como yo os dejo partir a vosotros y a vuestros pequeñuelos! Mirá, está claro que tenéis malas intenciones.
Nada de eso. Id los hombres adultos y dad culto a Yahveh, que es lo que pedís.» Y los echaron de la presencia de Faraón.
Dijo Yahveh a Moisés: «Extiende tu mano sobre el país de Egipto y venga la langosta; que suba sobre el país de Egipto y devore toda la hierba del campo, todo lo que dejó el granizo.»
Moisés extendió su bastón sobre el país de Egipto, y Yahveh hizo soplar un viento del este sobre el país todo aquel día y toda la noche. Cuando amaneció, el viento del este había traído la langosta.
Subió la langosta sobre todo el país de Egipto y se posó sobre todo el territorio de Egipto; fue tan grande su cantidad que no la hubo antes semejante ni la habrá después.
Cubrió la faz de todo el país, y quedó la tierra oscurecida. Devoró toda la hierba del campo y todos los frutos de los árboles que había dejado el granizo; no quedó nada verde en los árboles ni en la hierba del campo, en todo el país de Egipto.
Entonces Faraón llamó en seguida a Moisés y a Aarón y les dijo: «He pecado contra Yahveh, vuestro Dios, y contra vosotros.
Pero perdona, por favor, mi pecado una vez más; y rogad a Yahveh, vuestro Dios, que aparte de mí al menos esta muerte.»
Salió Moisés de la presencia de Faraón y rogó a Yahveh.
Yahveh cambió el viento en un fortísimo viento del oeste, que arrebató la langosta y la arrojó hacia el mar de Suf; no quedó una sola langosta en todo el territorio de Egipto.
Pero Yahveh endureció el corazón de Faraón, y no dejó partir a los israelitas.
Dijo Yahveh a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo; vendrán sobre el país de Egipto tinieblas tan densas que se puedan palpar.»
Moisés extendió su mano hacia el cielo, y vinieron densas tinieblas sobre todo el país de Egipto, durante tres días.
No se veían unos a otros, y nadie se levantó de su sitio durante tres días. Pero los israelitas tenían luz en sus moradas.
Entonces Faraón llamó a Moisés y le dijo: «Id, dad culto a Yahveh. Vuestros pequeñuelos pueden ir con vosotros; tan sólo vuestras ovejas y vacadas se quedarán.»
Moisés respondió: «Tú mismo nos darás víctimas y holocaustos, para que los ofrezcamos a Yahveh, nuestro Dios.
También nuestro ganado ha de venir con nosotros, sin que quede ni una pezuña; porque de ellos hemos de tomar para el culto de Yahveh, nuestro Dios. Y no sabemos con qué hemos de dar culto a Yahveh hasta que lleguemos allá.»
Pero Yahveh endureció el corazón de Faraón, y no quiso dejarlos partir.
Faraón le dijo: «¡Vete de mi presencia! Guárdate de volver a ver mi rostro, porque el día que veas mi rostro, morirás.»
«Bien dicho -respondió Moisés-; no volveré a ver tu rostro.»