El Éxodo es el segundo libro del Pentateuco y narra la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, la entrega de la Ley en el monte Sinaí y la construcción del Tabernáculo. Su canonicidad es aceptada por todas las tradiciones cristianas, aunque existen diferencias en la numeración de algunos versículos, especialmente en los capítulos 7 y 8.
Éxodo
Capítulo 18
Jetró, sacerdote de Madián, suegro de Moisés, oyó todo lo que Dios había hecho por Moisés y por Israel, su pueblo, cuando Yahveh sacó a Israel de Egipto.
Jetró, suegro de Moisés, tomó a Séfora, la mujer de Moisés, después que la hubo enviado,
y a sus dos hijos. El uno se llamaba Gersón, «porque -dijo- forastero he sido en tierra extraña»;
y el otro se llamaba Eliezer, «porque el Dios de mi padre fue mi ayuda y me libró de la espada de Faraón».
Jetró, suegro de Moisés, llegó con los hijos y la mujer de Moisés al desierto donde estaba acampado, junto al monte de Dios.
Mandó decir a Moisés: «Yo, tu suegro Jetró, vengo a ti con tu mujer y sus dos hijos.»
Salió Moisés al encuentro de su suegro, se postró y le besó. Se preguntaron mutuamente por su bienestar y entraron en la tienda.
Contó Moisés a su suegro todo lo que Yahveh había hecho a Faraón y a los egipcios por amor de Israel; todas las fatigas pasadas en el camino, y cómo Yahveh los había librado.
Jetró se alegró de todo el bien que Yahveh había hecho a Israel, librándole de la mano de los egipcios,
y dijo: «Bendito sea Yahveh, que os ha librado de la mano de los egipcios y de la mano de Faraón, y ha librado al pueblo de la mano de los egipcios.
Ahora conozco que Yahveh es más grande que todos los dioses, porque ha tratado a los egipcios con arrogancia.»
Jetró, suegro de Moisés, ofreció un holocausto y sacrificios a Dios. Vino Aarón con todos los ancianos de Israel a comer el pan con el suegro de Moisés en presencia de Dios.
Al día siguiente, se sentó Moisés para juzgar al pueblo; el pueblo estaba en pie junto a Moisés desde la mañana hasta la tarde.
Viendo el suegro de Moisés todo lo que hacía por el pueblo, dijo: «¿Qué es lo que haces con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, mientras todo el pueblo está en pie junto a ti desde la mañana hasta la tarde?»
Moisés respondió a su suegro: «Porque el pueblo acude a mí para consultar a Dios.
Cuando tienen algún asunto, vienen a mí; yo juzgo entre unos y otros, y declaro los preceptos de Dios y sus leyes.»
El suegro de Moisés le dijo: «No está bien lo que haces.
Sin duda, acabarás agotado tú y este pueblo que está contigo; la cosa es demasiado pesada para ti. No puedes hacerlo tú solo.
Escúchame ahora; yo te aconsejaré, y sea Dios contigo. Tú serás el representante del pueblo delante de Dios, y someterás los asuntos a Dios.
Tú les enseñarás los preceptos y las leyes, y les darás a conocer el camino que deben seguir y lo que han de hacer.
Pero, además, elige de entre todo el pueblo a hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros, enemigos de la avaricia; y ponlos al frente del pueblo como jefes de millares, de centenares, de cincuenta y de diez.
Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; los casos graves los traerán a ti, y los casos menores los juzgarán ellos. Así te aliviarás la carga llevándola entre ellos.
Si haces esto, y Dios te lo manda, podrás resistir, y también todo este pueblo llegará felizmente a su destino.»
Moisés obedeció la voz de su suegro e hizo todo cuanto le había dicho.
Escogió Moisés hombres capaces entre todo Israel y los puso al frente del pueblo como jefes de millares, de centenares, de cincuenta y de diez.
Ellos juzgaban al pueblo en todo tiempo: los casos difíciles los traían a Moisés, y todos los casos menores los juzgaban ellos.
Luego despidió Moisés a su suegro, y éste se fue a su tierra.