El Éxodo es el segundo libro del Pentateuco y narra la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, la entrega de la Ley en el monte Sinaí y la construcción del Tabernáculo. Su canonicidad es aceptada por todas las tradiciones cristianas, aunque existen diferencias en la numeración de algunos versículos, especialmente en los capítulos 7 y 8.
Éxodo
Capítulo 20 — LA ALIANZA Y EL DECÁLOGO
Entonces Dios pronunció todas estas palabras:
«Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre.
No tendrás otros dioses frente a mí.
No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.
No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,
y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos.
No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios, porque Yahveh no dejará sin castigo a quien tome su nombre en falso.
Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Durante seis días trabajarás y harás todas tus faenas.
Mas el séptimo día es sábado para Yahveh, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que reside en tus ciudades.
Pues en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el séptimo día descansó; por eso bendijo Yahveh el sábado y lo santificó.
Honra a tu padre y a tu madre, para que se alarguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.
No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.»
Todo el pueblo contemplaba los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante. Al verlo, el pueblo se estremeció y se mantuvo a distancia.
Dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros, y te escucharemos; pero que no nos hable Dios, no sea que muramos.»
Moisés dijo al pueblo: «No temáis; porque para probaros ha venido Dios, y para que su temor esté en vuestro rostro, a fin de que no pequéis.»
El pueblo se mantuvo a distancia; Moisés se acercó a la densa nube donde estaba Dios.
Entonces Yahveh dijo a Moisés: «Así dirás a los israelitas: Vosotros habéis visto que desde el cielo os he hablado.
No haréis junto a mí dioses de plata, ni dioses de oro haréis para vosotros.
Me harás un altar de tierra, sobre el que me ofrecerás tus holocaustos y tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus vacadas. En cualquier lugar donde yo haga recordar mi nombre, iré a ti y te bendeciré.
Si me haces un altar de piedra, no lo construyas de piedra labrada; porque al labrarlo con tu cincel, lo profanarías.
No subirás por gradas a mi altar, para que no quede al descubierto tu desnudez ante él.»