El Éxodo es el segundo libro del Pentateuco y narra la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, la entrega de la Ley en el monte Sinaí y la construcción del Tabernáculo. Su canonicidad es aceptada por todas las tradiciones cristianas, aunque existen diferencias en la numeración de algunos versículos, especialmente en los capítulos 7 y 8.
Éxodo
Capítulo 34
Dijo Yahveh a Moisés: «Labra dos tablas de piedra como las primeras; yo escribiré sobre esas tablas las palabras que había en las primeras tablas, que tú rompiste.
Prepárate para mañana: sube de mañana al monte Sinaí, y preséntate a mí allí, en la cima del monte.
Que nadie suba contigo, ni nadie se deje ver en todo el monte; ni tampoco ovejas ni vacadas pasten frente a este monte.»
Moisés labró dos tablas de piedra como las primeras; se levantó de mañana y subió al monte Sinaí, como Yahveh le había mandado, llevando en su mano las dos tablas de piedra.
Descendió Yahveh en la nube; se paró allí junto a él y proclamó el nombre de Yahveh.
Yahveh pasó delante de él y proclamó: «¡Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, lento a la ira, rico en amor y fidelidad,
que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no deja impune al culpable, y castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación!»
Al instante se postró Moisés en tierra y se inclinó,
diciendo: «Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh Señor!, dignese el Señor caminar en medio de nosotros, aunque este pueblo es de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por heredad tuya.»
Dijo: «Mira, voy a establecer una alianza: delante de todo tu pueblo haré maravillas como no han sido hechas en toda la tierra ni en nación alguna; y todo el pueblo en medio del cual te hallas verá la obra de Yahveh, porque es terrible la cosa que voy a hacer contigo.
Guarda lo que yo te mando hoy. He aquí que voy a expulsar delante de ti al amorreo, al cananeo, al hitita, al perizita, al jivita y al jebuseo.
Guárdate de hacer alianza con los habitantes de la tierra donde vas a entrar, no sea que sea un lazo en medio de ti.
Antes bien, derribaréis sus altares, romperéis sus estelas y cortaréis sus cipos.
Porque no te postrarás ante ningún otro dios; pues Yahveh se llama Celoso, es un Dios celoso.
No hagas, pues, alianza con los habitantes de aquella tierra; no sea que, cuando se prostituyan con sus dioses y ofrezcan sacrificios a sus dioses, te inviten y tú comas de su sacrificio,
y tomes sus hijas como mujeres para tus hijos; entonces, prostituyéndose ellas con sus dioses, harán que también tus hijos se prostituyan con los dioses de ellas.
No te harás dioses de fundición.
Guardarás la fiesta de los Ázimos: durante siete días comerás panes ázimos, como te lo he mandado, en el tiempo del mes de Abib; porque en el mes de Abib saliste de Egipto.
Todo lo que abre el seno materno es mío; todo primogénito de tu ganado, tanto de vacas como de ovejas, que sea macho, es mío.
Pero el primogénito del asno lo rescatarás con una res; si no lo rescatas, le quebrarás la nuca. Rescatarás a todo primogénito de tus hijos. Y no se me presentará nadie con las manos vacías.
Seis días trabajarás, pero al séptimo día descansarás; descansarás aun en tiempo de labranza y de siega.
Celebrarás la fiesta de las Semanas, de las primicias de la siega del trigo; y la fiesta de la Cosecha al comenzar el año.
Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del Señor Yahveh, el Dios de Israel.
Porque yo echaré a las naciones delante de ti y ensancharé tu territorio, y nadie codiciará tu tierra cuando subas a presentarte ante Yahveh, tu Dios, tres veces al año.
No ofrecerás la sangre de mi víctima junto con pan fermentado, ni la víctima de la fiesta de la Pascua se quedará hasta el día siguiente.
Las primicias de los frutos de tu suelo las llevarás a la casa de Yahveh, tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre.»
Dijo Yahveh a Moisés: «Escribe estas palabras, porque según estas palabras establezco una alianza contigo y con Israel.»
Estuvo allí Moisés con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.
Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas del Testimonio en su mano, al bajar del monte, no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante por haber hablado con Yahveh.
Aarón y todos los israelitas, al ver a Moisés, notaron que la piel de su rostro estaba radiante, y tuvieron miedo de acercarse a él.
Moisés los llamó; entonces se volvieron a él Aarón y todos los jefes de la comunidad, y Moisés les habló.
Después se acercaron todos los israelitas, y les mandó todo lo que Yahveh le había dicho en el monte Sinaí.
Cuando Moisés acabó de hablar con ellos, se puso un velo sobre el rostro.
Y cuando entraba Moisés delante de Yahveh para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Después salía y decía a los israelitas lo que se le había mandado.
Entonces veían los israelitas el rostro de Moisés radiante, y Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro hasta que entraba de nuevo a hablar con Yahveh.