El libro de Daniel en su versión extendida incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cantico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 13
Había un hombre que vivía en Babilonia, llamado Joaquín.
Se casó con una mujer llamada Susana, hija de Helcías, mujer muy hermosa y temerosa de Dios.
Sus padres, que eran justos, habían instruido a su hija conforme a la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa; los judíos acudían a él, porque era el más honorable de todos.
Aquel año fueron designados dos ancianos del pueblo para jueces, de los cuales el Señor había dicho: «La iniquidad ha salido de Babilonia, de los ancianos jueces que tenían la apariencia de gobernar al pueblo.»
Éstos frecuentaban la casa de Joaquín, y todos los que tenían pleitos acudían a ellos.
A la hora de siesta, Susana salía a pasear por el jardín de su marido.
Los dos ancianos la veían todos los días entrar y pasear, y se llenaron de deseo hacia ella.
Pervirtieron su razón y desviaron sus ojos para no mirar al cielo ni acordarse de los justos juicios.
Ambos estaban inflamados de su amor, pero no se confesaban el uno al otro su pasión,
pues les daba vergüenza declarar su deseo de poseerla.
Y cada día la espiaban asiduamente para verla.
Se dijeron el uno al otro: «Vámonos a casa, que es ya hora de comer.» Saliendo, se separaron,
pero volvieron otra vez al mismo sitio; y habiéndose interrogado mutuamente sobre la causa, confesaron su deseo. Convinieron entonces en buscar una ocasión en que pudieran encontrarla sola.
Mientras aguardaban el día oportuno, entró ella un día como antes, solamente con dos criadas, y quiso bañarse en el jardín, porque hacía calor.
No había nadie más que los dos ancianos, que estaban escondidos acechándola.
Dijo ella a las criadas: «Traedme aceite y jabón, y cerrad las puertas del jardín para bañarme.»
Ellas hicieron como mandó: cerraron las puertas del jardín, y salieron por la puerta lateral para traer lo que les había ordenado; y no vieron a los ancianos, porque estaban escondidos.
En cuanto salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella,
y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve; estamos enamorados de ti; accede, pues, a nosotros y únete a nosotros.
Si no quieres, daremos testimonio contra ti, diciendo que estaba contigo un joven y que por eso mandaste salir a tus criadas.»
Susana gimió y dijo: «Estoy acorralada: si lo hago, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos.
Prefiero caer en vuestras manos por no haberlo hecho, que pecar ante el Señor.»
Y Susana se puso a gritar muy fuerte; los dos ancianos también gritaron contra ella,
y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín.
Cuando la gente de la casa oyó los gritos en el jardín, se precipitó por la puerta lateral para ver lo que le pasaba.
Pero mientras los ancianos contaban su versión, los criados se llenaron de vergüenza, porque nunca se había dicho cosa semejante de Susana.
Al día siguiente, cuando se reunió el pueblo en casa de Joaquín, su marido, vinieron los dos ancianos llenos de inicuo designio contra Susana para hacerla morir,
y dijeron delante del pueblo: «Haced venir a Susana, hija de Helcías, mujer de Joaquín.» La hicieron venir.
Vino ella con sus padres, sus hijos y todos sus parientes.
Susana era de complexión delicada y hermosa en extremo.
Aquellos malvados ordenaron que la descubrieran —pues estaba velada— para saciarse de su hermosura.
Los suyos y cuantos la veían lloraban.
Los dos ancianos se levantaron en medio del pueblo y pusieron las manos sobre su cabeza.
Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros paseábamos solos en el jardín, entró ella con dos criadas, cerró las puertas del jardín y despidió a las criadas.
Entonces se le acercó un joven que estaba escondido, y se acostó con ella.
Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la iniquidad, corrimos hacia ellos,
y aunque los vimos juntos, no pudimos sujetar al mozo, porque era más fuerte que nosotros; abrió las puertas y se escapó.
Pero a ella la cogimos y le preguntamos quién era el mozo; no quiso decírnoslo. De esto somos testigos.»
La asamblea les creyó, por ser ancianos y jueces del pueblo, y la condenaron a muerte.
Susana clamó entonces con gran voz: «Dios eterno, que conoces lo oculto, que sabes todas las cosas antes que sucedan,
tú sabes que ellos han atestiguado falsamente contra mí. He aquí que voy a morir, no habiendo hecho ninguna de las cosas que éstos han forjado maliciosamente contra mí.»
El Señor escuchó su voz.
Cuando la llevaban al suplicio, Dios suscitó el santo espíritu de un joven llamado Daniel,
que gritó: «Yo soy inocente de la sangre de ésta.»
Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué palabra es esa que has dicho?»
El, poniéndose en medio de ellos, dijo: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, que sin examen y sin conocer la verdad condenáis a una hija de Israel?
Volved al tribunal, porque éstos han atestiguado falsamente contra ella.»
Volvió todo el pueblo a toda prisa, y los ancianos le dijeron: «Ven, siéntate entre nosotros y enséñanoslo, porque Dios te ha concedido el honor de la ancianidad.»
Daniel les dijo: «Separadme a ésos bien lejos el uno del otro, que los voy a juzgar.»
Cuando estuvieron separados, llamó a uno de ellos y le dijo: «¡Envejecido en días malos! Ahora han vuelto tus pecados que antes cometías,
tú que dictabas sentencias injustas, condenando a los inocentes y dejando en libertad a los culpables, cuando el Señor dice: No matarás al inocente ni al justo.
Ahora, pues, si de verdad la viste, dime: ¿bajo qué árbol los viste juntos?» Él respondió: «Bajo una acacia.»
Daniel dijo: «Muy bien; has mentido contra tu propia cabeza, porque ya el ángel de Dios, habiendo recibido la sentencia de Dios, te va a cortar por medio.»
Mandó apartarle, y dijo que trajeran al otro. Y le dijo: «Descendiente de Canaán, y no de Judá, la hermosura te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón.
Así obrabais con las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros; pero la hija de Judá no soportó vuestra maldad.
Ahora, pues, dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?» Respondió: «Bajo una encina.»
Daniel le dijo: «Muy bien; también tú has mentido contra tu propia cabeza, porque el ángel de Dios está con la espada para cortarte por medio, para exterminaros.»
Entonces toda la asamblea prorrumpió en grandes clamores, bendiciendo a Dios, que salva a los que en él esperan.
Y se alzaron contra los dos ancianos, porque Daniel, por su propia confesión, los había convencido de falso testimonio. Hiciéronles, conforme a la ley de Moisés, el mismo mal que ellos habían intentado hacer a su prójimo; los mataron, y aquel día fue salva una vida inocente.
Helcías y su mujer dieron gracias a Dios por su hija Susana, con Joaquín, su marido, y todos sus parientes, porque no se halló en ella ninguna deshonestidad.
Y desde aquel día Daniel fue tenido en gran aprecio del pueblo.