El libro de Daniel en su versión extendida incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cantico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 14
El rey Astiages fue a reunirse con sus padres, y Ciro, el persa, recibió su reino.
Daniel era compañero del rey y el más ilustre de sus amigos.
Los babilonios tenían un ídolo llamado Bel; gastaban cada día con él doce arrobas de flor de harina, cuarenta ovejas y seis arrobas de vino.
El rey lo adoraba y cada día iba a postrarse ante él; Daniel, en cambio, adoraba a su Dios. El rey le dijo: «¿Por qué no adoras a Bel?»
Respondió Daniel: «Porque no adoro ídolos hechos por mano de hombre, sino al Dios vivo, que creó el cielo y la tierra y domina sobre toda carne.»
El rey le dijo: «¿No te parece que Bel es un dios vivo? ¿No ves cuánto come y bebe cada día?»
Daniel se rió y dijo: «No te dejes engañar, oh rey; éste es barro por dentro y bronce por fuera, ni comió ni bebió jamás.»
El rey, enojado, llamó a sus sacerdotes y les dijo: «Si no me decís quién devora esas provisiones, moriréis.
Pero si probáis que es Bel quien las devora, morirá Daniel, porque ha blasfemado contra Bel.» Daniel dijo al rey: «Hágase según tu palabra.»
Los sacerdotes de Bel eran setenta, aparte de las mujeres y niños. El rey fue con Daniel al templo de Bel.
Los sacerdotes dijeron: «Nosotros nos salimos, pero tú, oh rey, pondrás las viandas, prepararás el vino mezclado, cerrarás la puerta y la sellarás con tu anillo.
Si mañana, cuando vengas, no encontramos que Bel lo ha comido todo, moriremos nosotros; si no, morirá Daniel, que nos calumnió.»
Ellos se lo tomaban muy a la ligera, porque habían hecho una entrada secreta debajo de la mesa, por la que entraban siempre y se comían todo.
Pues bien: cuando ellos salieron, el rey puso las viandas delante de Bel. Daniel dio orden a sus criados de que trajeran ceniza, y la esparcieron por todo el templo, a solas, sin que nadie más que el rey lo supiera. Después salieron, cerraron la puerta, la sellaron con el anillo del rey y se fueron.
Los sacerdotes, como tenían por costumbre, vinieron de noche con sus mujeres e hijos, y se lo comieron y bebieron todo.
El rey se levantó de mañana, y Daniel con él.
Dijo el rey: «¿Están intactos los sellos, Daniel?» Respondió Daniel: «Intactos, oh rey.»
En cuanto abrieron la puerta, miró el rey a la mesa y exclamó con fuerte voz: «Grande eres, Bel, y no hay engaño en ti.»
Daniel, riéndose, detuvo al rey para que no entrara, y dijo: «Mira el pavimento, y advierte de quién son esas pisadas.»
Dijo el rey: «Veo pisadas de hombres, mujeres y niños.»
Entonces el rey, indignado, prendió a los sacerdotes con sus mujeres e hijos, y ellos le mostraron la puerta secreta por donde entraban para consumir lo que había sobre la mesa.
Los mató el rey, y entregó Bel en poder de Daniel, que lo destruyó junto con su templo.
Había también en aquel lugar un gran dragón, que los babilonios adoraban.
Dijo el rey a Daniel: «¿Acaso vas a decir que éste no es un dios vivo? ¡Pues adóralo!»
Respondió Daniel: «Al Señor, mi Dios, adoro, porque él es el Dios vivo. Pero tú, oh rey, dame permiso, y mataré ese dragón sin espada ni palo.» El rey le dijo: «Te lo permito.»
Tomó Daniel pez, grasa y pelo, los coció, hizo unas bolas y las metió en la boca del dragón; el dragón las comió y reventó. Y dijo Daniel: «¡Aquí tenéis lo que adorábais!»
Al oírlo los babilonios, se indignaron mucho, se amotinaron contra el rey y dijeron: «El rey se ha hecho judío; ha destruido a Bel, ha matado al dragón y ha pasado a cuchillo a los sacerdotes.»
Vinieron a donde estaba el rey y le dijeron: «Entréganos a Daniel; de lo contrario, te mataremos a ti y a tu casa.»
Viendo el rey que se habían amotinado contra él, obligado por la fuerza entregó a Daniel.
Ellos lo arrojaron al foso de los leones, y estuvo allí seis días.
En el foso había siete leones; les daban cada día dos cuerpos y dos ovejas; pero aquel día no les dieron nada, para que se comieran a Daniel.
Había en Judea un profeta llamado Habacuc; había cocido un guiso, desmenuzado pan en una fuente, y se dirigía al campo para llevarlo a los segadores.
El ángel del Señor dijo a Habacuc: «Lleva la comida que tienes a Babilonia, a Daniel, en el foso de los leones.»
Habacuc respondió: «Señor, no he visto Babilonia ni conozco el foso.»
El ángel del Señor lo cogió por la cabeza, lo llevó por los cabellos, con la fuerza de su aliento, y lo puso en Babilonia sobre el foso.
Y Habacuc gritó: «Daniel, Daniel, toma la comida que Dios te envía.»
Daniel dijo: «Te has acordado de mí, oh Dios, y no abandonas a los que te aman.»
Se levantó Daniel y comió. Y el ángel de Dios volvió a poner a Habacuc en su lugar al instante.
El séptimo día fue el rey a llorar a Daniel. Llegó al foso, miró, y he aquí Daniel sentado.
El rey, levantando la voz, exclamó: «¡Grande eres, Señor, Dios de Daniel, y no hay otro fuera de ti!»
Y sacó a Daniel del foso. A los que fueron causa de su perdición, los arrojó al foso, y fueron devorados en un instante delante de él.