El libro de Daniel en su versión extendida incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cantico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 6
Pareció bien a Darío poner sobre el reino a ciento veinte sátrapas, que gobernasen en todo el reino.
Y sobre ellos, tres ministros, uno de los cuales era Daniel, a quienes aquellos sátrapas diesen cuenta, y el rey no tuviese quebranto.
Pronto se distinguió Daniel entre los ministros y sátrapas, porque había en él un espíritu superior, y el rey pensó en ponerlo al frente de todo el reino.
Entonces los ministros y sátrapas buscaban ocasión de acusar a Daniel en lo tocante al reino; pero no podían hallar ocasión alguna ni falta, porque él era fiel, y no se hallaba en él falta ni error.
Decían, pues, aquellos hombres: «No encontraremos ocasión de acusar a este Daniel, a no ser en la ley de su Dios.»
Estos ministros y sátrapas se presentaron tumultuosamente al rey y le dijeron: «¡Oh rey Darío, vive por siempre!
Todos los ministros del reino, prefectos, sátrapas, consejeros y gobernadores han acordado que se promulgue un decreto real y se haga una prohibición: todo aquel que en el plazo de treinta días pida algo a cualquier dios u hombre, excepto a ti, oh rey, sea arrojado al foso de los leones.
Ahora, pues, oh rey, confirma la prohibición y firma el decreto, para que no sea modificado, conforme a la ley de medos y persas, que es irrevocable.»
Entonces el rey Darío firmó el decreto de prohibición.
Daniel, en cuanto supo que el decreto estaba firmado, se fue a su casa. Tenía las ventanas de su cámara abiertas hacia Jerusalén, y tres veces al día se arrodillaba, oraba y daba gracias a su Dios, como lo hacía antes.
Entonces aquellos hombres se presentaron tumultuosamente y hallaron a Daniel orando y suplicando delante de su Dios.
Acercándose, dijeron al rey: «¿No has firmado tú la prohibición de que todo aquel que en el plazo de treinta días pida algo a cualquier dios u hombre, excepto a ti, oh rey, sea arrojado al foso de los leones?» Respondió el rey: «Ciertamente es cosa firme, conforme a la ley de medos y persas, que es irrevocable.»
Entonces ellos respondieron y dijeron al rey: «Daniel, uno de los deportados de Judá, no te hace caso, ni de ti, oh rey, ni de la prohibición que has firmado; tres veces al día hace todavía su oración.»
El rey, al oír estas palabras, sintió gran pesar, y se propuso en su corazón librar a Daniel; hasta la puesta del sol trabajó para salvarle.
Pero aquellos hombres se presentaron tumultuosamente ante el rey y le dijeron: «Sabe, oh rey, que es ley de medos y persas que ninguna prohibición o decreto que el rey establece puede ser modificado.»
Entonces el rey mandó traer a Daniel, y lo arrojaron al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: «¡Oh Daniel, siervo del Dios vivo! Tu Dios, a quien sirves constantemente, él te librará.»
Fue traída una piedra y puesta sobre la boca del foso, y el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus dignatarios, para que no se hiciese cambio alguno respecto de Daniel.
Después el rey se fue a su palacio; pasó la noche en ayuno, no permitió que se le trajesen concubinas, y el sueño huyó de él.
Se levantó el rey muy de mañana y fue apresuradamente al foso de los leones.
Acercándose al foso, llamó a Daniel con voz angustiada: «¡Daniel, siervo del Dios vivo! ¿El Dios a quien sirves constantemente ha podido librarte de los leones?»
Daniel respondió al rey: «¡Oh rey, vive por siempre!
Mi Dios ha enviado su ángel y ha cerrado la boca de los leones, que no me han hecho daño, porque delante de él he sido hallado inocente; y también delante de ti, oh rey, no he cometido delito.»
El rey se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Fue sacado Daniel del foso, y no se halló en él lesión alguna, porque había confiado en su Dios.
Luego, por mandato del rey, fueron traídos aquellos hombres que habían acusado a Daniel, y fueron arrojados al foso de los leones, ellos, sus hijos y sus mujeres; y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos y les molieron todos los huesos.
Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: «Paz os sea multiplicada.
De mi parte queda promulgado un decreto: Que en todo el territorio de mi reino se tema y se tiemble ante el Dios de Daniel, porque él es el Dios vivo y permanece por siempre, su reino no será jamás destruido y su dominio no tendrá fin.
Él libra y salva, hace señales y milagros en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones.»
Y Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el Persa.