El libro de Daniel en su versión extendida incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cantico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 8
El año tercero del reinado de Baltasar, el rey, me fue mostrada a mí, Daniel, una visión, después de la que me había mostrado al principio.
En la visión, yo veía: estaba yo en la ciudadela de Susa, que es en la provincia de Elam; en la visión veía que estaba junto al río Ulai.
Alcé mis ojos y miré: he aquí un carnero de dos cuernos, que estaba en la ribera del río, con dos cuernos, y ambos eran altos, pero el uno era más alto que el otro, y el más alto había subido el último.
Vi al carnero que embestía hacia el occidente, hacia el norte y hacia el sur; ninguna bestia podía resistirle, ni había quien librase de su poder; hacía según su voluntad, y se engrandecía.
Yo estaba considerando esto, cuando he aquí un macho cabrío venía del occidente sobre la faz de toda la tierra, sin tocar el suelo; aquel macho cabrío tenía un cuerno grande entre sus ojos.
Vino hasta el carnero de dos cuernos, que yo había visto en la ribera del río, y corrió contra él con la furia de su fuerza.
Lo vi aproximarse al carnero, y encolerizarse contra él, y herir al carnero, rompiéndole sus dos cuernos; y el carnero no tenía fuerzas para resistirle; lo derribó por tierra y lo pisoteó, y no hubo quien librase al carnero de su poder.
El macho cabrío se engrandeció sobremanera; pero cuando se sintió fuerte, el cuerno grande se rompió, y en su lugar subieron otros cuatro cuernos hacia los cuatro vientos del cielo.
De uno de ellos salió un cuerno pequeño, que creció mucho hacia el sur, hacia el oriente y hacia la tierra gloriosa.
Creció hasta llegar al ejército del cielo; a parte del ejército y de las estrellas derribó por tierra, y las pisoteó.
Llegó hasta el Príncipe del ejército; a causa de él fue suprimido el sacrificio perpetuo, y el lugar de su santuario fue echado por tierra.
Un ejército fue entregado, junto con el sacrificio perpetuo, a causa de la rebelión; el cuerno arrojó por tierra la verdad, y todo lo que hizo le salió bien.
Yo oí a un santo que hablaba, y otro santo dijo a aquel que hablaba: «¿Hasta cuándo durará la visión del sacrificio perpetuo y de la rebelión desoladora, para que sean pisoteados el santuario y el ejército?»
Él me respondió: «Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado.»
Mientras yo, Daniel, contemplaba la visión y trataba de comprenderla, vi delante de mí una apariencia de hombre.
Y oí una voz de hombre entre las orillas del Ulai, que gritaba y decía: «Gabriel, explícale a éste la visión.»
Vino hacia donde yo estaba, y a su venida me aterroricé y caí sobre mi rostro. Él me dijo: «Hijo de hombre, entiende bien, pues la visión se refiere al tiempo del fin.»
Mientras me hablaba, caí en un profundo sueño sobre mi rostro en tierra. Él me tocó, me levantó de donde yo estaba,
y dijo: «He aquí que te voy a dar a conocer lo que ha de suceder al fin de la indignación, porque la visión se refiere al tiempo del fin.
El carnero de dos cuernos que has visto son los reyes de Media y Persia.
El macho cabrío es el rey de Grecia; el gran cuerno que tiene entre sus ojos es el primer rey.
Habiéndose roto y surgido cuatro en su lugar, quiere decir que cuatro reinos se levantarán de esa nación, aunque no con su poder.
»Al fin del reinado de éstos, cuando la rebelión llegue a su colmo, surgirá un rey de rostro feroz y versado en enigmas.
Su poder será grande, pero no por su propia fuerza; destruirá prodigiosamente, y prosperará, y hará, y arruinará a los poderosos y al pueblo de los santos.
Por su astucia, hará prosperar el engaño en su mano; en su corazón se ensoberbecerá, y sin aviso destruirá a muchos; se levantará contra el Príncipe de los príncipes, pero será quebrantado sin intervención de mano.
»La visión de las tardes y mañanas que se te ha mostrado es verdad. Tú, guarda la visión, porque se refiere a días lejanos.»
Yo, Daniel, quedé desfallecido y estuve enfermo algunos días; luego me levanté y atendí a los negocios del rey. Me quedé pasmado por la visión, y no había quien la comprendiese.