El Primer Libro de Samuel es el noveno libro de la Biblia y el primero de los dos libros que narran la transición de Israel de una teocracia liderada por jueces a una monarquía, con Saúl como primer rey y David como su sucesor. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo, donde es parte de los 'Profetas Anteriores' (Nevi'im Rishonim). El libro cubre aproximadamente 100 años de la historia de Israel, desde el nacimiento de Samuel hasta la muerte de Saúl.
1 Samuel
Capítulo 14 — Victoria de Jonatán
Un día dijo Jonatán, hijo de Saúl, al joven que llevaba sus armas: «Ven, pasemos al destacamento de los filisteos, que está al otro lado.» Pero no lo dijo a su padre.
Saúl se hallaba al extremo de Guibeá, bajo un granado que hay en Migrón, y el pueblo que estaba con él era de unos seiscientos hombres.
Ajías, hijo de Ajitob, hermano de Icabod, hijo de Fineés, hijo de Elí, sacerdote de Yahveh en Silo, llevaba el efod. El pueblo no sabía que Jonatán se había ido.
Entre los desfiladeros por donde Jonatán buscaba pasar al destacamento de los filisteos, había un peñón a cada lado; uno se llamaba Boses, y el otro Sene.
Uno de los peñones estaba al norte, enfrente de Micmas, y el otro al sur, enfrente de Gueba.
Dijo Jonatán a su escudero: «Ven, pasemos al destacamento de esos incircuncisos. Quizá haga Yahveh algo por nosotros, pues nada impide a Yahveh salvar con muchos o con pocos.»
Su escudero le respondió: «Haz todo lo que tienes pensado; anda, que yo estoy contigo en lo que resuelvas.»
Dijo Jonatán: «Vamos a pasar hacia aquellos hombres; después nos dejaremos ver de ellos.
Si nos dicen: “Esperad hasta que lleguemos a vosotros”, nos quedaremos donde estamos, sin subir adonde ellos.
Pero si nos dicen: “Subid adonde nosotros”, subiremos, pues Yahveh los ha entregado en nuestras manos. Ésa será para nosotros la señal.»
Se dejaron ver, pues, ambos del destacamento de los filisteos, y los filisteos dijeron: «Mirad, los hebreos salen de las cuevas donde se habían escondido.»
Los hombres del destacamento se dirigieron a Jonatán y a su escudero, y les dijeron: «Subid adonde nosotros, que os vamos a enseñar una cosa.» Dijo Jonatán a su escudero: «Sube detrás de mí, porque Yahveh los ha entregado en manos de Israel.»
Subió Jonatán ayudándose de pies y manos, y su escudero tras él. Caían ante Jonatán, y su escudero, que iba detrás, los remataba.
Esta primera derrota, en que Jonatán y su escudero mataron a unos veinte hombres, ocurrió en una extensión como de medio surco de campo.
Sobrevino un pánico en el campamento, por el campo y entre todo el pueblo; la guarnición y los mismos merodeadores temblaron, y la tierra tembló de tal manera que produjo pánico de Dios.
Las atalayas de Saúl en Guibeá de Benjamín vieron cómo la multitud huía y se desbandaba.
Dijo Saúl a su pueblo: «Pasad revista y ved quién ha salido de entre nosotros.» Pasaron revista, y resultaron ausentes Jonatán y su escudero.
Dijo entonces Saúl a Ajías: «Acerca el arca de Dios.» Porque el arca de Dios estaba aquel día con los hijos de Israel.
Mientras Saúl hablaba al sacerdote, el tumulto en el campamento de los filisteos iba creciendo. Dijo Saúl al sacerdote: «Retira tu mano.»
Saúl y todo el pueblo que estaba con él se concentraron, fueron a la batalla, y he aquí que la espada de cada uno se volvía contra su compañero, y hubo una gran confusión.
Los hebreos que anteriormente estaban con los filisteos, y que habían subido con ellos por el campamento, también se pasaron a los de Israel que estaban con Saúl y Jonatán.
Todos los israelitas que se habían escondido en la montaña de Efraín, al saber que los filisteos huían, también los persiguieron encarnizadamente.
Y Yahveh salvó aquel día a Israel. La batalla se extendió más allá de Bet Aven.
Los hombres de Israel estaban extenuados aquel día, pues Saúl había hecho jurar al pueblo, diciendo: «Maldito el hombre que coma algo antes de la noche, hasta que yo me haya vengado de mis enemigos.» Y ninguno del pueblo probó alimento.
Todo el pueblo del país llegó a un bosque, donde había miel en el suelo.
Al entrar el pueblo en el bosque, vio la miel que destilaba, pero nadie llevó la mano a su boca, porque el pueblo temía el juramento.
Pero Jonatán no había oído cuando su padre conjuró al pueblo; alargó el bastón que tenía en la mano, mojó la punta en un panal de miel, y llevó la mano a la boca, y sus ojos se le iluminaron.
Entonces uno del pueblo le dijo: «Tu padre ha conjurado solemnemente al pueblo, diciendo: Maldito el hombre que coma algo hoy.» Y el pueblo estaba fatigado.
Dijo Jonatán: «Mi padre ha turbado la tierra. Mirad, por favor, cómo se me han iluminado los ojos porque he gustado un poco de esta miel.
¡Cuánto más si el pueblo hubiera comido hoy del botín que ha encontrado de sus enemigos! ¿No habría sido mayor la derrota de los filisteos?»
Aquel día derrotaron a los filisteos desde Micmas hasta Ayalón, y el pueblo estaba extenuado.
Se lanzó el pueblo sobre el botín, tomaron ovejas, vacas y terneros, los degollaron en el suelo, y comieron la carne con sangre.
Avisaron a Saúl, diciendo: «El pueblo está pecando contra Yahveh, comiendo carne con sangre.» El dijo: «Habéis prevaricado. Rodadme ahora aquí una piedra grande.»
Dijo además Saúl: «Id por medio del pueblo y decidles: Que traiga cada uno su buey o su oveja; degolladlos aquí y comed, y no pequéis contra Yahveh comiendo carne con sangre.» Y aquella noche trajo cada uno su buey, y los degollaron allí.
Saúl edificó un altar a Yahveh; fue el primer altar que edificó a Yahveh.
Dijo Saúl: «Bajemos en persecución de los filisteos durante la noche, y los saquearemos hasta que alumbre el día, sin dejar a uno.» Respondieron: «Haz todo lo que te parezca bien.» Pero el sacerdote dijo: «Acudamos aquí a Dios.»
Consultó, pues, Saúl a Dios: «¿Bajaré en persecución de los filisteos? ¿Los entregarás en mano de Israel?» Pero no le respondió aquel día.
Entonces dijo Saúl: «Acercaos aquí, todos los jefes del pueblo; averiguad y ved cómo se ha cometido hoy este pecado.
Por vida de Yahveh, que ha salvado a Israel, aunque sea mi hijo Jonatán, morirá sin remedio.» Y no hubo quien le respondiera de entre todo el pueblo.
Dijo a todo Israel: «Vosotros estaréis de una parte, y yo y mi hijo Jonatán estaremos de la otra.» Respondió el pueblo a Saúl: «Haz lo que bien te parezca.»
Dijo Saúl a Yahveh, Dios de Israel: «Da una respuesta perfecta.» Fueron señalados Jonatán y Saúl, y el pueblo salió libre.
Dijo Saúl: «Echad suertes entre mí y mi hijo Jonatán.» Y fue señalado Jonatán.
Entonces dijo Saúl a Jonatán: «Declárame lo que has hecho.» Jonatán se lo declaró: «Ciertamente, gusté un poco de miel con la punta del bastón que tenía en la mano; pues bien, voy a morir.»
Dijo Saúl: «Así me haga Dios y aun me añada, que has de morir, Jonatán.»
Pero el pueblo dijo a Saúl: «¿Va a morir Jonatán, el que ha realizado esta gran salvación en Israel? ¡De ninguna manera! Vive Yahveh que no ha de caer un cabello de su cabeza en tierra, porque con Dios ha obrado hoy.» Así rescató el pueblo a Jonatán, y no murió.
Saúl desistió de perseguir a los filisteos, y los filisteos se fueron a su lugar.
Saúl, después que tomó posesión del reino sobre Israel, combatió contra todos sus enemigos de alrededor: contra Moab, contra los amonitas, contra Edom, contra el rey de Soba y contra los filisteos; y por dondequiera que se volvía, triunfaba.
Actuó con valor, derrotó a Amalec, y libró a Israel de manos de sus invasores.
Los hijos de Saúl eran: Jonatán, Isbaal y Malquisúa. Los nombres de sus dos hijas: la primogénita se llamaba Merab, y la menor Mical.
La mujer de Saúl se llamaba Ajinoam, hija de Ajimaas. El jefe de su ejército se llamaba Abner, hijo de Ner, tío de Saúl.
Quis, padre de Saúl, y Ner, padre de Abner, eran hijos de Abiel.
Hubo guerra encarnizada contra los filisteos todo el tiempo de Saúl. Siempre que Saúl veía un hombre fuerte y esforzado, lo agregaba a su servicio.