El Primer Libro de Samuel es el noveno libro de la Biblia y el primero de los dos libros que narran la transición de Israel de una teocracia liderada por jueces a una monarquía, con Saúl como primer rey y David como su sucesor. Es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo, donde es parte de los 'Profetas Anteriores' (Nevi'im Rishonim). El libro cubre aproximadamente 100 años de la historia de Israel, desde el nacimiento de Samuel hasta la muerte de Saúl.
1 Samuel
Capítulo 2 — Cántico de Ana
Entonces Ana oró así: «Mi corazón se regocija en Yahveh, mi fuerza se exalta en Yahveh; mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación.
No hay santo como Yahveh, no hay roca como nuestro Dios.
No multipliquéis discursos tan altivos, no salgan palabras arrogantes de vuestra boca; porque Yahveh es un Dios que sabe, y por él son pesadas las acciones.
El arco de los fuertes es quebrado, y los que vacilaban se ciñen de vigor.
Los saciados se alquilan por el pan, y los hambrientos no tienen ya penuria; la estéril da a luz siete veces, y la madre de muchos hijos se mustia.
Yahveh da la muerte y la vida, hace bajar al seol y subir de allí.
Yahveh empobrece y enriquece, humilla y enaltece.
El levanta del polvo al desvalido, del estercolero alza al pobre, para hacerle sentar con los nobles, y asignarle un trono de gloria. Porque de Yahveh son las columnas de la tierra, y sobre ellas asentó el orbe.
Los pies de sus fieles guarda, pero los impíos perecen en las tinieblas; porque no es por la fuerza como el hombre prevalece.
Los que pleitean contra Yahveh serán quebrantados; desde el cielo tronará contra ellos. Yahveh juzgará los confines de la tierra; dará poder a su rey, y exaltará la fuerza de su ungido.»
Después Elcana se volvió a su casa en Ramá; y el niño quedó al servicio de Yahveh, bajo la dirección del sacerdote Elí.
Los hijos de Elí eran unos malvados, sin cuidado de Yahveh,
ni del derecho de los sacerdotes para con el pueblo. Cuando alguien ofrecía un sacrificio, llegaba el criado del sacerdote mientras se cocía la carne, con un tenedor de tres dientes en la mano,
y lo metía en la olla o en la marmita, o en el caldero, o en la cazuela; y todo cuanto sacaba el tenedor, el sacerdote lo tomaba para sí. Así hacían con todos los israelitas que llegaban allí a Silo.
También antes de quemar la grasa, llegaba el criado del sacerdote y decía al hombre que sacrificaba: «Da carne para asar al sacerdote; que no tomará de ti carne cocida, sino cruda.»
Y si el hombre le respondía: «Quemen primero la grasa, y toma después cuanto desees», él replicaba: «No, dármela ahora mismo; si no, la tomaré por fuerza.»
Era, pues, muy grande el pecado de estos jóvenes delante de Yahveh, pues los hombres menospreciaban la oblación de Yahveh.
Mientras tanto, Samuel servía delante de Yahveh, siendo un niño vestido de un efod de lino.
Y su madre le hacía una pequeña túnica y se la llevaba cada año cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio anual.
Elí bendijo a Elcana y a su mujer, diciendo: «Yahveh te dé descendencia de esta mujer en lugar del que fue cedido a Yahveh.» Y se volvieron a su casa.
Visitó Yahveh a Ana, que concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el niño Samuel crecía junto a Yahveh.
Elí era ya muy viejo, y se enteró de lo que sus hijos hacían con todo Israel y de cómo se acostaban con las mujeres que servían a la puerta de la Tienda del Encuentro.
Les dijo: «¿Por qué hacéis tales cosas? Pues por este pueblo oigo hablar de vuestras malas acciones.
No, hijos míos, no es buena fama la que yo oigo; hacéis pecar al pueblo de Yahveh.
Si un hombre peca contra otro hombre, Dios será su árbitro; pero si un hombre peca contra Yahveh, ¿quién intercederá por él?» Pero ellos no hicieron caso a la voz de su padre, porque Yahveh quería darles muerte.
Mientras tanto, el niño Samuel iba creciendo en edad y gracia delante de Yahveh y de los hombres.
Vino un hombre de Dios a Elí y le dijo: «Así ha dicho Yahveh: ¿No me revelé yo claramente a la casa de tu padre cuando estaban aún en Egipto, sometidos a la casa de Faraón?
Yo le escogí de entre todas las tribus de Israel para que fuese mi sacerdote, subiese a mi altar, quemase el incienso y llevase el efod delante de mí. Y entregué a la casa de tu padre todas las ofrendas que los hijos de Israel queman.
¿Por qué habéis menospreciado mi sacrificio y mi oblación que yo mandé en mi Morada? ¿Y por qué has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?
Por tanto, oráculo de Yahveh, Dios de Israel: Yo había prometido que tu casa y la casa de tu padre andarían siempre en mi presencia. Ahora bien -oráculo de Yahveh-, lejos de mí tal cosa; pues yo honraré a los que me honran, mas los que me desprecian serán tenidos en nada.
Vienen días en que segaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, y no habrá un anciano en tu casa.
Mirarás con envidia toda la prosperidad de Israel, y nunca habrá un anciano en tu casa.
A aquel a quien no yo excluya de mi altar para que consuma sus ojos y consuma su vida, todos los que nazcan en tu casa morirán a espada de los hombres.
Te servirá de señal lo que acontecerá a tus dos hijos, Ofní y Fineés: ambos morirán el mismo día.
Pero yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obrará según mi corazón y mi deseo; y le edificaré una casa estable, y andará siempre delante de mi ungido.
Y el que quede de tu casa vendrá a postrarse ante él por una moneda de plata y una torta de pan, diciendo: “Te ruego me admitas a algún oficio sacerdotal para comer un bocado de pan.”»