El Libro de Deuteronomio es el quinto libro de la Torá (Pentateuco) y es reconocido como canónico por todas las principales tradiciones cristianas y por el judaísmo. El título en español deriva del griego 'Deuteronomion', que significa 'segunda ley', reflejando la reafirmación y expansión de la ley dada en el Sinaí. El nombre hebreo 'Devarim' significa 'palabras'. El libro consta de tres discursos de Moisés a los hijos de Israel en las llanuras de Moab, antes de que entraran en la Tierra Prometida, revisando la historia de la peregrinación en el desierto y reiterando la alianza con Dios.
Deuteronomio
Capítulo 10
«En aquella ocasión me dijo Yahveh: "Lábrate dos tablas de piedra como las primeras, y sube a mi encuentro al monte; harás también un arca de madera.
Yo escribiré en esas tablas las palabras que había en las primeras que rompiste, y las pondrás en el arca."
«Hice, pues, un arca de madera de acacia, labré dos tablas de piedra como las primeras, y subí al monte con las dos tablas en mi mano.
Escribió en las tablas, conforme a lo que había escrito antes, los diez mandamientos que Yahveh os había dicho en el monte, de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio Yahveh.
Entonces me volví y bajé del monte, y puse las tablas en el arca que había hecho; y allí se quedaron, como Yahveh me había mandado.
«Los israelitas partieron de Beerot-Bené-Jacán hacia Moserá; allí murió Aarón y allí fue sepultado; y su hijo Eleazar ejerció el sacerdocio en su lugar.
De allí partieron hacia Gudgodá, y de Gudgodá a Jotbatá, tierra de torrentes.
En aquel tiempo Yahveh separó a la tribu de Leví para que llevara el arca de la alianza de Yahveh, para que estuviera delante de Yahveh y le sirviera, y para que bendijera en su nombre, como hasta hoy.
Por eso Leví no tuvo parte ni herencia con sus hermanos; Yahveh es su herencia, como Yahveh tu Dios le había dicho.
«Yo estuve en el monte, como la vez primera, cuarenta días y cuarenta noches; y Yahveh me escuchó también esta vez; no quiso Yahveh destruirte.
Y me dijo Yahveh: "Levántate, ponte en marcha delante del pueblo, para que entren y posean la tierra que juré a sus padres darles."
«Ahora, pues, Israel, ¿qué es lo que Yahveh tu Dios pide de ti, sino que temas a Yahveh tu Dios, que andes en todos sus caminos, que lo ames y sirvas a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma,
que guardes los mandamientos de Yahveh y sus estatutos que yo te prescribo hoy, para que te vaya bien?
He aquí que de Yahveh tu Dios son los cielos, los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella.
Sólo de tus padres se prendó Yahveh hasta amarlos, y escogió a su descendencia después de ellos, es decir, a vosotros, entre todos los pueblos, como hoy sucede.
Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz.
Porque Yahveh vuestro Dios es el Dios de los dioses, el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y terrible, que no hace acepción de personas ni acepta soborno;
hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero dándole pan y vestido.
Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.
Temerás a Yahveh tu Dios, a él servirás, a él te unirás, y por su nombre jurarás.
Él es tu alabanza, él es tu Dios, que hizo por ti esas grandes y terribles cosas que han visto tus ojos.
Setenta personas eran tus padres cuando bajaron a Egipto, y ahora Yahveh tu Dios te ha hecho tan numeroso como las estrellas del cielo.»